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Los campesinos no somos empresarios, tampoco queremos serlo

campesino-empresariosLos campesinos no somos empresarios, tampoco queremos serlo. Mientras chismoseaba en el Facebook, me encontré con una publicación en la que Álvaro Uribe, en un discurso realizado en Barranquilla, el 31 de octubre de 2014, aludía a los inconvenientes que tiene el actual Ministro de Agricultura. Lo que me llamo la atención fue la denominación con la cual se refiere al campesino: “….segundo, nada gana un empresario del campo con un Ministro de Agricultura que lo ayude si allá lo están extorsionando; y tres, los empresarios del campo pueden decir, ‘¿para qué invierto si esto se lo van a entregar a las Farc?”

Entonces, recordé que el gobierno Santos y los Uribistas coinciden en decir que los campesinos ahora somos empresarios. Una denominación con profundas raíces neoliberales, asentadas en la competitividad y en el agotamiento de los recursos naturales, como bien lo exige el capitalismo salvaje. Lo preocupante es que, la retórica política de la Reforma Agraria en Colombia, tiene este enfoque y considera al comercio internacional como la principal  fuente de crecimiento económico y de modernización a nivel institucional.

Los efectos para los campesinos y el campo son desastrosos, en cuanto la dinámica exportadora de productos agropecuarios tropicales genera monocultivos y produce detrimento a los productos y prácticas campesinas. Dentro de esta lógica, se encuentran las semillas certificadas que desplazan a las semillas propias de las comunidades. Además, se incluye y favorecen las iniciativas de explotación minera y de recursos naturales, como bien lo ha impulsado, la locomotora minera de Santos.

Los productos tropicales tipo exportación se conocen como “Productos agrícolas postre”, es decir, no esenciales, exóticos y de fácil sustitución (banano, café, uchuvas, flores, etc. También hacen parte los productos energéticos como el maíz, la palma de cera, entre otros) que tienen posibilidades de venta en el exterior, pero que implican la expansión de la frontera agrícola y la perdida de productos esenciales para una buena nutrición.

El objetivo de los gobiernos Uribe y Santos han impulsado está iniciativa, y desde la institucionalidad se ha empezado a generar procesos de capacitación a los campesinos para desarrollar competencias en administración, competitividad y fortalecimiento empresarial en el campo. Es una tristeza que se forme para fines económicos y no para el buen vivir.

Desde la lógica del neoliberalismo, esto implicaría que, los pequeños productores y los campesinos, deberán abandonar sus tierras y comunidades para dar paso a multinacionales que invertirán grandes capitales para la producción y explotación agrícola y minera.

Por lo tanto, la lucha de los campesinos no debería estar enfocada en los subsidios de agroquímicos, en rebajas y facilidad en los préstamos bancarios, en la búsqueda de canales óptimos para la compra de semillas certificas y la ampliación de tierras, sino en la exigencia por el respeto a sus prácticas agrícolas sostenibles, productos y semillas tradicionales. Me queda la duda, ¿qué exigencias se hicieron luego del paro agrario en Nariño?

Por Pedro Nel Burgos Hernández