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El derecho a la paz, El derecho a lo imaginario

En América Latina, tanto en el campo social como en el político, se ha abierto un nuevo “foro” de discusión: los procesos planificados, el cambio a través de programas globales de trabajo, planes de desarrollo y transformación a largo plazo, la participación política de quienes antes empuñaron las armas en contra del Estado establecido; convirtiéndose esta en una generación de sueños e ideales, muchas veces aplazados y otras tantas frustrados; dentro de nuestro subcontinente, Colombia muestra a una generación “utópica” en otros términos pero que, en comparación con otras culturas latinoamericana, es una cultura pobre en producción de utopías propiamente dichas, de espacios imaginarios en donde el derecho a soñar y el de hacer realidad los sueños sea el campo de transformación de la sociedad.


Posiblemente han sido estos “cien años de soledad” como lo narra García Márquez lo que nos ha permitido o lo que no lo ha permitido el generar nuevas “utopías” en esta Colombia. Quizás somos una generación que comenzó a perder la esperanza, a pensar estábamos condenados a vivir como el linaje de los Buendía cien y más años de soledad, tristeza, dolor y guerra fratricida.
Soñar no es divagar. Construir paz no es divagar. Al hablar de la construcción de paz a través del ejercicio pleno de la ciudadanía, muchos han asemejado este “estado procesual” como un acto soñador. Pero si cabe afirmar que todo aquel o aquellos que buscan generar procesos entran en la tarea soñadora (utópica) del paso del ser al deber ser de toda realidad por anacrónica y enconchada que esta sea. La utopía del protagonismo ciudadano que deben tener nuestras comunidades es todo un “estado de espíritu”, sinónimo de una actitud mental “rebelde”, de oposición o resistencia al orden existente por la proposición de un orden diferente (cabría la pena decir “radicalmente diferente”).
Y este puede ser el mensaje de las elecciones que hemos vivido este pasado 15 de junio. Colombia no puede condenarse al sino trágico de la guerra; podemos soñar con que otro país es posible, con que podemos pasar del “estado catatónico” de la guerra sin fin al “estado utópico” de la paz.
Podemos soñar con recrear una visión “alternativa” de la realidad colombiana en donde podamos ejercer plenamente nuestros derechos, vislumbrar, modificar el orden real hacia un mundo imaginario; esto nos va a llevar a rastrear la esperanza de un país mejor. Esta suerte de sentimiento de buscar una sociedad mejor es inseparable al ser humano, especialmente en el momento en que la esperanza como “virtud” se reconvierte en un deseo de transformación de lo real.
Acaso, ¿no estamos de acuerdo en que el mejor de lo seres humanos y la mejor de la sociedades no es aquel o aquella en que el ser humano y la sociedad expresa en la realidad despierta el carácter de sus sueños y siente que hace parte de la misma?
El derecho al imaginario de una paz por construir que visualizamos en tantos trabajos comunitarios, en los líderes de cada vereda y barrio, estimula la reflexión sobre la realidad presente y orienta la imaginación hacia lo que podría ser, “deber ser” concebido siempre en función de los valores propios de los habitantes de esta región del suroccidente colombiano.
Esta tarea que realizamos de “ver”, “analizar” y “buscar acciones” es justamente la “tensión” que palpamos en el actual desarrollo de una sociedad a través del ejercicio de la ciudadanía que va más allá del sólo hecho del sufragio. 
Estas elecciones nos pueden mostrar un despertar de la conciencia social y ciudadana, que se había adormilado por casi diez años; despertar que se vincula a la capacidad de descubrir “otras” realidades. Capacidad que se vincula al hecho de “crear” y “recrear”. Descubrir esta nueva posible realidad a partir del distanciamiento provocado por la reflexión sobre un ideal de pueblo desde los moldes de una sociedad diferente, resulta fundamental para crear y asumir el riesgo que esa creación puede resultar esperanzadora para la gran mayoría de nosotros, hombres y mujeres nariñenses, que hemos sido ubicados en el anonimato de la historia colombiana ya sea por el poder político que niega la capacidad de formar verdaderas sociedades democráticas, o por el poder económico que impone un modelo injusto de distribución de los bienes, o el poder intelectual de unos que educan y otros que “deben” ser instruidos.

Dinámicos y progresistas, los imaginarios pueden llegar a ser sinónimo de un nuevo modelo de sociedad.

Imaginarnos un país construyendo la paz es ya un signo esperanzador de que otro patria es posible.

Juan Pablo V.