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¿Las Tumaqueñas son feas y Tumaco huele mal?

Por: Jaime Rivas Díaz / Pacifico colombiano. Octubre de 2018.

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Hace unos días leí en un comentario de Facebook que las mujeres tumaqueñas son feas y que la ciudad de Tumaco huele mal.

Que la ciudad de Tumaco olía feo ya había escuchado o leído antes en un artículo horrendo; que las mujeres eran feas, por primera vez.

Entiendo que quienes expresan estas ideas sobre nosotros lo hacen para demostrar su enorme conocimiento o su inmensa ignorancia de lo que somos los pueblos afro, en específico, y lo que es Colombia, en general.

En Tumaco como en cualquier parte de Colombia, y creería del mundo, hay sitios que huelen feo. Los espacios donde se acumula la basura, en las orillas, en las esquinas, aquellos donde se trabaja con pescado, entre otros; pero es igual en el resto del país.

Si uno se acerca al Basuro de Cali, al río Bogotá donde lavan pieles con químicos agresivos, también huele feo, en los parque donde cagan los perros, donde orinan los borrachos, en fin, y si se va a las periferias de ciudades como Medellín, Cartagena y otras del país, con seguridad se encontrará que hay espacios que también huelen feo, porque los colombianos no hemos ganado la pelea contra las basuras, ni contra los contaminantes y menos contra la producción industrial que es la que más gases de terrible olor expulsa al espacio. O el autor del mencionado comentario no ha pasado de noche entre Palmira y Cali para cerciorarse del olor a caca que viene con el vientecito del valle de la caña de azúcar.

También nuestro autor experto en belleza ha dicho que nuestras mujeres son feas. A lo mejor no pudo entender la belleza de una mujer negra con senos abultados, posaderas grandes, labios gruesos y nariz chata, meneándose eróticamente como como una gata. Si esto no le parece bello, es que el tipo estudió belleza con los organizadores del reinado de belleza nacional que siguen colonizados con el molde de belleza “internacional”, tipo publicitaria, o peor aún, está buscando la ley de la belleza griega ¡en Colombia…! Cosa que es comprensible si el señor no es afro y fue educado en alguna institución educativa andina en la que por generación automática aprenden (aprendían?) que ser negro es feo y ser blanco bonito.

Son expresiones como estas las que llaman la atención a pensar en que la Colombia en la vivimos avanza muy lento, y a veces retrocede (como el caso de haber elegido a un títere de Uribe como presidente) en el proceso de convertirse en una sociedad diferente, menos pacata, contundentemente americana, enraizada en este maravilloso territorio e identificada con la historia que nos hizo ser lo que somos.

Y es que la diversidad de Colombia no solo es biológica ni de territorios, ni de climas solamente, también lo es de culturas, de etnias, pero esta diversidad está articulada, mezclada, pese a los escrúpulos de algunas personas que siguen esforzándose por la pureza de la sangre, la conservación de los apellidos nobles y otros cuentos católicos parecidos.. Obligados a construir juntos un país nos ha tocado migrar y en cierto modo mezclarnos, ya sea por la buenas o por la malas, y entonces, si uno ajusta la mirada puede ver a colombianos con rostro ario y paticorticos como ciertos indígenas, mestizos de piel clara con una ñatica y un raro enrosque de pelo que señala a leguas genes africanos, o la más común: cholos disfrazados de mestizos, o mestizas pintadas de gringas…

Entonces, con ese peculiar origen, los cánones de belleza occidental no nos calzan y valdría la pena aprender a mirar “lo que da la tierra” y buscar la belleza en las personas que nos rodean y en aquellas a quienes vemos pasar y nos sorprenden con su diferencia, así alguna vez podamos comprender que todos no solo somos colombianos sino seres humanos necesitados de aprecio y reconocimiento, solitarios e incompletos, bellos en nuestra fealdad y hambrientos todos de afecto, de amistad, de familia, que es una de las tantas causas de las guerras de este país.