La más conmovedora infamia contra los pastusos

Por ISIDORO MEDINA PATIÑO / Historiador – Investigador

‘‘NAVIDAD NEGRA’’: La más conmovedora infamia de Bolívar contra los pastusos

“… en la horrible matanza que siguió, soldados y paisanos, hombres y mujeres, fueron promiscuamente sacrificados y se entregaron los republicanos a un saqueo por tres días, y a asesinatos de indefensos, robos y otros desmanes; hasta el extremo de destruir, como bárbaros al fin, los libros públicos y los archivos parroquiales, cegando así tan importantes fuentes históricas”. {Florencio O´Leary}.

Es indudable que el hecho no solo más conmovedor sino horroroso que han padecido los pastusos a lo largo de su historia y la historia nacional, fue aquel sufrido el 24 de diciembre de 1822, en plena época de la Independencia, cuando las tropas de Simón Bolívar comandadas por Antonio José de Sucre entraron a la ciudad y ebrias de odio, sangre y licor masacraron a la población civil sometiéndola a toda clase de vejámenes, irrespetando inclusive los templos religiosos en donde muchos buscaron refugio creyendo salvarse del instinto bajo e inhumano de los asaltantes.

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Los trágicos hechos de la ‘‘Navidad Negra’’, que hasta hoy historiadores e historiógrafos oficiales pretenden seguir ocultando a las nuevas generaciones, fueron el reflejo del descomunal rencor que el Libertador guardó siempre contra la ciudad de Pasto y sus moradores por su tradicional apego e irrestricto respaldo a la monarquía española. Esa descomedida prevención se desató durante tres aciagos días a través de rifles y bayonetas, lanzas y sables de la soldadesca republicana que bajo la mirada impasible de sus comandantes destrozaron físicamente a un pueblo altivo y orgulloso que vendió caro su brutal sometimiento.

Esa fecha fue una terrorífica orgía de muerte y violencia desatada por los invasores y en la que hombres, mujeres y niños fueron exterminados en medio de incalificables acciones. La masacre acabó con la reputación de Sucre –además de la de Bolívar- quien de manera inexplicable permitió que la caterva se desbordara sin ninguna clase de control. Una ‘‘Navidad Negra’’, cuyos detalles es necesario recordar para que las generaciones venideras conozcan una realidad histórica que muchas veces se ha tratado de esconder, quizás por vergüenza o por intereses políticos.

Hemos sostenido y estamos seguros de que a pesar de las crueldades vividas en las nefastas épocas del bandolerismo, guerrilla, paramilitarismo y narcotráfico, nada en el futuro de la historia colombiana podrá superar la premeditada barbarie que sufrieron los habitantes de Pasto en diciembre de 1822. Observando estos degradantes hechos cabe plantear que solo una mente bipolar desequilibrada pudo ordenar acciones tan terribles en contra de un pueblo entero. Como principal responsable del miserable ataque perpetrado por el ejército patriota, Bolívar ratificó su odio visceral contra los pastusos y utilizó como instrumento de la sangrienta venganza a su paisano venezolano Antonio José de Sucre.

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«Las tropas irritadas con la obstinada guerra que les hacían los pastusos, saquearon la ciudad y el general Sucre hubo de permitírselo. Allí no hallaron casi gente, todos los hombres habían huido, no habían sino las monjas y algunas mujeres refugiadas en el convento». {José María Rivas Groot}.

Y reiteramos, la inquina con la que llegó el ejército republicano fue producto de la corajuda guerra que les dieron los pastusos a las tropas independentistas y el revés sufrido en Taindalá ese mismo año de 1822. Pero nada de eso, ni siquiera el anhelo de una liberación continental para las élites “criollas”, justificó la matanza, las iniquidades y abusos cometidos por los ‘‘libertadores’’.

Bolívar, Sucre y sus comandantes premeditaron la destrucción de la ciudad y el aniquilamiento de sus moradores disponiendo de sus más temibles y veteranas tropas, curtidas en numerosos combates y conformadas por los batallones Rifles, Bogotá y Vargas, además de los escuadrones de Cazadores Montados, Guías y Dragones de la Guardia, reforzados con soldados alistados en Quito. Las huestes colombianas al lograr pasar el Guáitara supieron de la superioridad de sus fuerzas no sólo porque vencieron sin demasiadas afugias la resistencia de los ya escasos defensores sino porque muchos de éstos decidieron huir hacia las montañas y en consecuencia se dieron cuenta de lo fácil que sería entrar a la ciudad que comenzaron a arrasar desde sus extramuros.

El 24 de diciembre de 1822, a la hora de nona, a las tres de la tarde en que terminaron los sufrimientos de Jesús en la cruz, empezó el calvario de los pastusos. Las tropas de Bolívar y Sucre entraron a la ciudad recorriendo todos sus rincones, asaltando, acuchillando y violando. La soldadesca bañada en sangre apareció en el atrio de la iglesia de Santiago, frente al antiguo camino de Caracha. Ya no hubo resistencia en las barricadas defensivas levantada por los improvisados defensores quienes prefirieron ir hacia sus casas para tratar de proteger, inútilmente, a sus familias. Los hombres, jóvenes y ancianos, eran destrozados a lanzazos y sablazos al paso de sus asesinos, mientras las mujeres, incluyendo niñas de escasa edad, eran arrastradas fuera de sus viviendas, desnudadas, golpeadas y violadas delante de sus propios seres queridos y finalmente destrozadas a bayonetazos. Los niños eran arrebatados de los brazos de sus madres y arrojados a los filosos sables que los criminales invasores descargaban sin piedad sobre sus cabezas e inocentes cuerpos. Era el caos, en medio de los gritos de desesperación y el insoportable dolor que conduce a la muerte.

«El encono del batallón Rifles por el rechazo que sufrió en Taindalá en el mes anterior, le hizo ser cruel y no dio cuartel, de lo que provino que murieran más de cuatrocientos hombres, mientras que los cuerpos del gobierno nacional solamente tuvieron seis muertos y cuarenta heridos. El general Sucre tuvo que restablecer la disciplina y sujetar al Rifles, poniéndose a la cabeza del batallón Bogotá. Este castigo cruel que sufrieron los pastusos produjo que la guerra durara dos años más». {Tomás Cipriano de Mosquera}.

En el dantesco escenario, muchos pastusos recurrieron al sentimiento religioso y a la búsqueda de un milagro que los protegiera y por eso se volcaron a los templos y sacaron algunas de sus sagradas imágenes para enfrentarlas a las excitadas y enloquecidas tropas de Bolívar y Sucre. Así lo hicieron, por ejemplo, con la estatua de yeso del apóstol Santiago detrás de la cual se escondieron aterrorizados hombres y mujeres tratando de repeler la agresión enemiga. El brutal ataque no cesó, por el contrario, aún más enardecidos y rabiosos los invasores derribaron a Santiago, masacraron a quienes portaban dicha imagen, ingresaron al templo, mientras lo saqueaban despojaban de sus ropas a las mujeres violándolas en los propios altares y ante las efigies de sus santos de devoción. Con seguridad que ni la milagrosa Virgen de las Mercedes se habría salvado del accionar demente y morboso de la tropa republicana. El sacrílego ataque se extendió por igual a templos, capillas y conventos.

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Uno tras otro se sucedieron los episodios de terror en la sola noche de navidad como aquel donde un soldado arrebató al hijo de brazos a una mujer que cuando quiso recuperarlo de manos del criminal fue degollada de un sablazo por otro soldado sin ningún miramiento de piedad. En medio de tétricas carcajadas, el criminal que se apoderó del niño lo arrojó al aire y lo atravesó con su bayoneta, mientras que el resto de bandidos aplaudía frenéticamente. Pasto era ahogada en sangre y arruinada en fuego, en tanto su población en adolorido clamor pedía a Dios el final de tanto tormento.

«Al combate leal y en terreno abierto sucedió una espantosa carnicería: los soldados colombianos ensoberbecidos por la resistencia, degollaron indistintamente a los vencidos, hombres y mujeres, sobre aquellos mismos puntos que tras porfiada brega habían tomado. Al día siguiente, cuatrocientos cadáveres de los desgraciados pastusos, hombres y mujeres, abandonados en las calles y campos aledaños a la población, con los grandes ojos serenamente abiertos hacia el cielo, parecían escuchar absortos el Pax Ómnibus, que ese día del nacimiento de Jesús, entonaban los sacerdotes en los ritos de Navidad». {Roberto Botero Saldarriaga}.

Otro crimen espantoso fue perpetrado por los bárbaros enviados de Bolívar y Sucre en la catedral de entonces, hoy iglesia de San Juan, siendo víctima un anciano sacristán, a quien los desalmados obligaron a poner su cabeza en la pila bautismal y entonces un oficial patriota, después identificado como Apolinar Morillo, le descargó una mole de adobe destrozándosela totalmente. El resto de soldados ingresó al interior del templo montados en sus caballos y procediendo a enlazar imágenes de vírgenes y santos que arrojaban al suelo en orgía de muerte, destrucción y pillaje, entre desgarradores gritos de las mujeres violentadas y pasadas a cuchillo al igual que hombres, jóvenes y ancianos, miserablemente degollados.

Los apocalípticos ángeles de la República desenfrenados por la sangre y el sexo, convertidos en verdaderas y feroces bestias, asaltaron las viviendas de ricos y pobres con brutal violencia, siguiendo la rutina de robar, matar y violar sin vergüenza ni discriminación alguna a todas las mujeres, niñas o ancianas. Según investigadores y cronistas de aquella época las mujeres sorprendidas en Pasto en la navidad 1822, incluyendo a las monjas en los conventos, fueron víctimas de indescriptibles vejámenes sexuales.

Para que jamás lo olviden la historia oficial y los propios pastusos, es necesario recordar que la ciudad de Pasto fue sometida durante tres cruentos días a degradantes hechos y abusos inimaginables contra su población. Historiadores de los vencidos, recordamos que en las inmediaciones de la que hoy se conoce como Plaza de Nariño, los infernales enviados de Bolívar y Sucre, absolutamente borrachos continuaron abusando sexualmente de las damas en plena calle y no satisfechos con ello procedían a degollarlas ignorando sus súplicas. El panorama de la ciudad era espantoso, centenares de cadáveres de hombres, mujeres y niños cubrían las calles y permanecían insepultos porque ningún sobreviviente deseaba ser otra víctima de los criminales bolivarianos, entre los que se distinguían por su salvajismo y desalados procederes militares venezolanos y mercenarios ingleses como Arthur Sanders que integraban el sangriento batallón Rifles.

La incivilizada actuación de los hombres de Bolívar y Sucre provocó rechazos de sus mismos oficiales, entre ellos el entonces coronel José María Córdova quien en términos fuertes e insistentes exigió al mariscal Sucre que detuviera los desmanes o de lo contrario él mismo se encargaría de ponerle fin a tantos atropellos. Los reclamos de Córdova fueron atendidos y se le ordenó que con el cuerpo militar que comandaba procediera a desarmar y detener a los enloquecidos y borrachos soldados y mercenarios venezolanos, ingleses e irlandeses, la mayoría del batallón Rifles. El propio coronel Córdova, sable en mano, detuvo y desarmó a varios de los desalmados que incluso quisieron agredirlo.

‘‘Nada es comparable en la historia de América con el vandalismo, la ruina y el escarnio de lo más respetable y sagrado de la vida del hombre, a que fue sometida la ciudad el 24 de diciembre de 1822 por el batallón Rifles, como represalia de Sucre por su derrota en Taindala un mes antes a manos del paisanaje pastuso armado de piedras, palos y escopetas de caza’’. {Ignacio Rodríguez Guerrero}.

Tres infernales días de crímenes, violaciones, robos y cuanta iniquidad puede cometer el hombre contra sus semejantes, también movieron a actuar al coronel José María Obando, quien no dudó en cuestionar a las tropas libertadoras por sus desafueros. Como responsable de semejantes desmanes criticó al mariscal de Ayacucho y dijo en sus memorias: “No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el general Sucre, la medida altamente impolítica y sobremanera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada.

Las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo madre que en su despecho salióse a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco antes de que otro negro dispusiese de su inocencia; los templos llenos de depósitos y de refugiados fueron también asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir tantos actos de inmoralidad…”.

Y a semejante serie de vejaciones se sumaron posteriormente las expulsiones y exilios forzados de hombres y mujeres sobrevivientes, los consabidos castigos económicos y las expropiaciones o confiscaciones de las que no se salvaron ni respetables hacendados ni comunidades religiosas, amén de los exagerados impuestos y la cancelación de millonarias indemnizaciones que tomaron los invasores con miles de cabezas de ganado vacuno y caballar.

¿Puede haber algo más conmovedor en la historia para el pueblo de Pasto, para Colombia y para el mundo, que el infame genocidio perpetrado por los ejércitos libertadores de Bolívar y Sucre en la navidad de 1822?

Historiador e Investigador
Isidoro Medina Patiño, Foto: Perfil Facebook

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