Desde Popayán Antonio Nariño amenaza con atacar a Pasto en Semana Santa

Por Enrique Herrera Enríquez.

La semana santa es para el mundo occidental, particularmente los católicos, tiempo de reflexión y penitencia en recuerdo del martirizado calvario que sufriera Jesucristo. Este acontecimiento tiene su historia que vamos a analizar primeramente y luego nos adentrarnos en un suceso histórico que por cierto no es muy conocido cual fue la semana santa en que Antonio Nariño y su tropa amenazó con destruir a Pasto y su gente en 1814, siendo como ya se ha dicho en otras oportunidades derrotado por la actitud valerosa de las mujeres pastusas.

La semana santa es un ritual que lleva anualmente a los católicos del mundo a reflexionar sobre el acontecimiento histórico que se tiene del sacrificio en el monte Calvario de Jesucristo, situación que tiene una característica: no siempre se conmemora en una misma fecha, lo es en marzo o en su defecto en abril ateniéndose a lo dispuesto por el concilio de Nicea (año 325) y ratificado por el de Trento (1545.1563) respecto a que la Pascua debía conmemorarse el primer domingo siguiente al plenilunio o luna llena del 21 de marzo o después de este día. Desde 1515 hasta 1576, científicos de la Universidad de Salamanca habían estudiado las falencias o errores del calendario Juliano que regia por aquel entonces. Posesionado el papa Gregorio XIII acoge los nuevos planteamientos y ordena mediante bula papal, que expide el 24 de febrero de 1582, suprimir 10 días al calendario de 1582 al decretar que del jueves 5 de octubre se pase al día siguiente al 15. Es decir del 6 al 14 de octubre de 1582, son días que no existieron dentro del calendario que a partir de aquel entonces se conocerá como gregoriano.

He aquí, a grandes rasgos, el análisis sobre el porqué del calendario que nos rige, y en tal razón cual es la base para el cambio de fecha de la celebración de la Semana Santa que volvemos a repetir se debe conmemora a partir del domingo siguiente a la primera luna llena del equinoccio de primavera, cayendo entre el 22 de marzo y el 25 de abril del respectivo año.

De acuerdo a la tradición y documentos que al respecto se encuentra, de manera indiscutible la ciudad San Juan de Pasto albergó desde un principio todo un grupo de conquistadores y pobladores españoles altamente creyentes, fervorosos defensores de su religión y los principios católicos, apostólicos y romanos que dieron pie para que poco a poco con el trascurrir del tiempo el valle de Atriz y sus alrededores se fueron poblando con el establecimiento de infinidad de templos, capillas y conventos que caracterizaran el sector.

Finalizando el siglo XV, son varias las comunidades religiosas de varones establecidas en San Juan de Pasto: Mercedarios en 1539, Franciscanos en 1562, Dominicos en 1572 y Agustinos en 1585 y una de mujeres: Las Conceptas en 1588, todas ellas comprometidas en promover e imponer la religión católica, apostólica y romana de acuerdo con los compromisos que se tiene con la corona española.

Imágenes de santos, vírgenes y cristos traídas ya sea de Quito, Lima y aun de España fueron ubicados en sus respectivos templos o capillas para su correspondiente veneración. Cada poblado del Valle de Atriz atendiendo el adoctrinamiento de la religión acogió como patrono una determinada imagen para celebrar con gran pomposidad sus tradicionales fiestas patronales.

La Semana Santa o Mayor congregaba a todos los pobladores tanto del sector urbano como del rural y según estudios que existen al respecto las comunidades indígenas de los sectores circunvecinos del Valle de Atriz tenían la costumbre de participar activamente cargando imágenes representativas a la crucifixión y muerte de Jesucristo que traían desde sus respectivos poblados. El historiador Sergio Elías Ortiz nos narra así la Semana Santa de 1709: “hay que decir, que como antecedentes de las grandes solemnidades, al los presos detenidos por deudas en la cárcel y el punto de Pascua a los que estaban por “delito crimen”, el domingo anterior, por la tarde, se tenia la llamada procesión de penitencia que saliendo de la iglesia matriz, recorría todo el marco de la ciudad, deteniéndose ante la iglesia de cada convento. Desde ese mismo momento, los llamados penitentes se creían autorizados a andar, como alma en pena, rigurosamente vestidos de blanco, por todas las casas recordando a los vecinos los castigos eternos reservados a los pecadores empedernidos. Por otra parte los llamados cucuruchos, especie de mamarrachos vestidos de morado y negro, con un foete para espanto de los muchachos callejeros, desde allí mismo, también emprendían sus andanzas por la ciudad y sus alrededores a demandar limosnas para el Santo Sepulcro y para otras cosas que nada tenían que ver con el culto y así con la profesión de picaros y buscones herederos de la madre Celestina. Desde esa misma tarde, igualmente empezaban a practicarse el ayuno y la abstinencia hasta el Domingo de Pascua con una rigurosidad mas apropiada a monjes trapenses que a vecinos de un poblado perdido en los riscos de los Andes. Y había que ver lo que era ese ayuno y su abstinencia. Ni siquiera los enfermos según contaban los antiguos, se excusaban de practicarlos en señal de absoluta sumisión a la Iglesia de Dios, y como castigo de culpas mucho menos graves y maliciosos quizá, que las que ahora cometemos y castigamos. Venían luego, desde el martes y el sábado santo las procesiones de aparato, con cuadros vivos que salían de los templos de los conventos, por turno riguroso, dentro de un silencio perfecto, no obstante que los indios, sobre quienes pesaba un pasado milenario de superstición y de fetichismo, se colocaban dentro de ellas como danzantes; y que los penitentes extremaban las contorsiones en empeño de demostrar su aparatoso arrepentimiento; y los veinticuatro del Rosario, ceñidos habito telar, al modo de los monjes Benitos, se azotaban públicamente; y los del cuadro llamado Alma Santa hacían signos misteriosos en cada esquina; y el melancólico tañido de campanas o el áspero sonar de las matracas ponían terror en las almas, no obstante todo esto, decimos, los espectadores si espectadores podían llamarse a quienes formaban las alas de la procesión, guardaban recogimiento y marchaban silenciosos y compungidos al compas de la música fúnebre, o contemplaban especialmente las muchachas en flor, desde las celosías de las ventanas, el lento desarrollo de las escenas bíblicas o de los pasos sacramentales…”

Visto el por qué varia de fecha la conmemoración de la semana santa, al igual de como se asentó en San Juan de Pasto el adoctrinamiento del catolicismo, entremos a continuación a analizar cual y como sería para las gentes de Pasto el ver que en plena semana santa de 1814 el general Antonio Nariño y sus tropas avanzan amenazantes para tomarse a sangre y fuego a la ciudad. Tenían el antecedente de la criminal actitud de los quiteños cuando vinieron y saquearon el templo de Santo Domingo en busca de las 413 libras de oro, razón por la cual Pasto y su gente tuvo que estar atenta a defenderse de la pretendida nueva toma militar.

Zozobra, incertidumbre, temor. Qué sentimiento de inquietud no tendrían las gentes de Pasto cuando conocedoras del avance de las fuerzas militares al mando del general Antonio Nariño, sabían que tendrían que afrontar para defender la ciudad de una nueva arremetida de las gentes del norte. Hasta Calibio, cerca a Popayán, se habían desplazado en su oportunidad para evitar dicho avance, no lo lograron y ahora el contrincante venia en camino.

José María Espinosa, el Abanderado de Nariño, plasmó en sus “Memorias” el valor de las mujeres pastusas cuando en Calibio combatieron de igual a igual que los hombres. Ahora les tocaría defender a Pasto, pero esta vez tendrían que afrontar el combate en plena semana santa de 1814, situación que obligaba a tomar las armas en días donde la oración, la reflexión y el recogimiento tenía que ser su mayor preocupación, pero los acontecimientos macabros del 22 de septiembre de 1811, en que las tropas quiteñas penetraron en la ciudad a sangre y fuego buscando las 413 libras de oro que se encontraban escondidas dentro de las paredes del templo de Santo Domingo, donde hoy se ubica el templo de Cristo de Rey, hizo que aquella semana santa de 1814, sería muy diferente a las demás.

El 4 de marzo de 1814, Antonio Nariño, desde Popayán escribe amenazante al Cabildo de Pasto: “Yo propongo a Usía muy ilustre nuevamente el partido de la conciliación y de la paz. Usía muy ilustre sabrá la conducta que he guardado en esta ciudad –se refiere a Popayán- y estoy resuelto a guardar la misma en esa, si no se me hace resistencia; o a cerrar por la primera vez mi alma a los sentimientos de compasión y entregarla – a Pasto- a las llamas, para que sirva de escarmiento a los obstinados…”

Nariño, tal cual como lo había hecho meses antes el norteamericano Alejandro Macaulay, amenaza a Pasto con “entregarla a las llamas”, es decir destruir e incendiar la ciudad. En cuanto a su comportamiento en Popayán se sabía que había dado la orden para recoger cuanto objeto de valor tuviesen, particularmente los de índole sagrada como copones, custodias y demás elementos religiosos para luego fundirlos. En Pasto este hecho era de mucha trascendencia por su espíritu religioso.

El Cabildo de Pasto, el 1 de abril de 1814, responde así la notificación de destrucción que anuncia Nariño: “El reconocer el derecho de la soberanía y de la madre Patria a quien debemos nuestra existencia, y celebre, hoy desgraciado país de las Américas, por las turbaciones que nos causan los mismos que podían recordar la felicidad en que vivíamos, descansando en nuestras familias, bajo de nuestras viñas y de nuestras higueras; esto es lo que nos conduce y que no nos hará mudar de sistema, no por deferencia al halago, ni por temor a las amenazas desde muy antes vertidas y protestadas; de modo que para nosotros tan glorioso será el podernos defender de una fuerza que, sin derechos, ni legitima autoridad, nos trata de oprimir, como el que esta ciudad quede reducida a una nueva Numancia o Sagunto.”

Numancia y Sagunto fueron dos ciudades españolas que se resistieron a ser invadidas por extranjeros, prefiriendo sus pobladores, antes que entregar la ciudad, incendiarla y luego se suicidaron para evitar quedar en calidad de esclavos. Las mujeres que estaban embarazadas prefirieron abrirse el vientre para sacar sus crías y lanzarse al fuego.

El 3 de abril de 1814, siendo domingo de ramos, Nariño desde la Caldera, recuerda esta fecha, de acuerdo a carta que hace llegar al Cabildo de Pasto, cuando dice: “Yo ruego a Usía Ilustre, por las entrañas de Jesucristo, que no me forcen a proceder contra mis principios: no vengo a destruir ni he tomado las penalidades de esta expedición por ninguna mira personal…En este concepto, aguardo antes de atacar en Juanambú, la contestación de Usía Ilustre en el termino de la distancia: quiero que jamás me quede el dolor de no haber tentado todos los medios que dicta la prudencia, la política y la religión…”

El lunes santo, responde así el Cabildo de Pasto: “Contestando en los términos que Usía solicita, a su oficio de 3 de los corrientes, en que por las entrañas de Nuestro Redentor Jesucristo (cuya memoria es la que debería ocupar, sin profanar irreligiosamente estos sagrados dias) dice que no lo forcemos a proceder contra sus principios, y en una palabra, que lo que desea es la paz, la armonía, buena inteligencia entre todos nosotros…Exponemos a Usted, que por nuestra parte no se atropellan estos objetos, los mas dignos de la fe que profesamos y de la sociedad. Ya se lo hemos indicado a Usía en nuestro anterior oficio; Usía es quien nos viene a hacer la agresión más injusta…Puede estar igualmente satisfecho de que nosotros no apetecemos la guerra sino la paz. En manos de Usía está el logro, con no perseguirnos y retirar sus tropas; pero es inevitable, o defendernos o morir por los sagrados principios que nos conducen…”

El miércoles santo, 6 de abril de 1814, el general Antonio Nariño, se sale de casillas y lanza esta triste y macabra amenaza a Pasto y su gente, cuando dice: “por última vez digo a Usía muy Ilustre, que si se me hace un solo tiro, fiados en la indulgencia que he usado en todos los pueblos de mi transito, Pasto queda destruida hasta sus fundamentos…Es preciso que antes de romper el fuego, se decida abiertamente a hacer causa común con nosotros o a quedar destruida, y destruida de un modo que nunca jamás pueda volver a ser habitada…”

Ante tan categórica actitud de destrucción que anuncia Nariño para con Pasto y su gente, el Cabildo de Pasto responde el viernes santo, 8 de abril de 1814: “Sería una impertinencia preguntar a Usía con que autoridad viene a invadir a un pueblo que halla su convivencia en vivir bajo las sabias y equitativas leyes del gobierno español; por que por los mismo que se trata de invasión, no hay que hablar de otros derechos, de otra autoridad ni de otra ley que la del mas fuerte; y puesto que Usía no nos deja otro arbitrio al presente que éste, no obstante de ser el mas bárbaro que la ciega ambición ha podido inspirar a los hombres, puede Usía escoger a lo largo del Juanambú, el punto que le parezca más a propósito para terminar nuestras diferencias. En todos ellos encontrará Usía, pastusos y encontrará victimas generosas decididas a ser inmoladas sobre los altares de la patria…”

Triste y macabra la actitud del general Antonio Nariño, cuando no respetó ni los días de la semana santa de 1814, para amenazar y pretender dominar a las gentes de Pasto, razón mas que suficiente para que Pasto y su gente se prepare a defenderse de quien en Popayán abusando de su autoridad había robado y fundido los objetos de carácter sagrado que encontró en los templos, capillas y conventos de esa ciudad, que podían esperar, entonces las gentes de Pasto?.