Esta paz, ¿Nos devolverá los muertos?

Por Juan Pablo Villota

La reconciliación debe concebir el futuro de forma que se realce la interdependencia. Lo que es estrictamente cierto de los conflictos internos contemporáneos es que el futuro de aquellos que luchan unos contra los otros está en última instancia íntimamente vinculado y es interdependiente. (John Paul Lederach).

Hemos asistido hace poco al cumplimiento de 50 años y un poco más de conflicto interno entre el Gobierno y las FARC, de igual manera hemos sido espectadores de los diálogos que hace algunos años las mismas partes han iniciado en busca de poner fin al conflicto armado e iniciar la construcción de una paz estable y duradera.

Al menos eso indica el texto del acuerdo inicial entre las partes.  Y las noticias que nos llegan desde Cuba parecieran mostrar el principio del fin de esta tragedia humanitaria que ha dejado miles de desplazados, desaparecidos, muertos ¡víctimas civiles y también combatientes de la guerra!

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Para muchos el escenario de un país sin conflicto interno es un escenario deseable, a veces incomprensible pero sobre todo difícil de concretar, casi que nuestra sociedad camina a tientas en este “ensayo de la paz”.

La paz como un estado es imposible de lograr como tampoco lo es la felicidad perfecta; no es un estado al cual se llega, es un proceso continuo y por ello construirla es más que firmar un acuerdo.  Eso es verdad pero el lenguaje a veces tiene una construcción confusa, ¿paz es sinónimo de ausencia de guerra? Claro que no.

Pero esta paz, que a veces se muestra confusa sin embargo, también da destellos de posibles escenarios de esperanza, ¿será capaz de devolver a los desterrados a su tierra? ¿Devolverá la posibilidad de que aparezcan quienes han desaparecido a causa de la guerra? ¿Podrán los familiares retornar a su sosiego al poderles devolver la verdad sobre sus muertos?

¿Podrá tener sosiego la familia de aquel joven bajado en Bella Vista por las autodefensas del auto que le transportaba entre Barbacoas y Junín por ser señalado como informante de la guerrilla?

Y los chicos que jugaban en la cancha inclinada de fútbol ubicada en el centro del poblado en Santa Rosa – Policarpa, ¿Podrán volver con sus hijos a la tierra que le permitió vivir tan libres después de tener que salir huyendo de la guerra entre los grupos en combate?

¿Regresará  la voz de  don Adalberto, el locutor comunitario de La Victoria, que un día se apagó por los hechos incomprensibles de este conflicto?

La joven madre que esperó hasta el último transporte en Sánchez que volviera su compañero y le encontró la oscuridad de la noche con la incertidumbre de no saber qué pasó con el padre de sus dos pequeños hijos, luego que él tuviera que ser desplazado por las fuerzas del Estado junto con más de 3000 campesinos que solo buscaban reclamar mejores condiciones de vida ¿Podrá saber si su compañero fue una víctima más arrojada en el tétrico puente rojo?

Y los pequeños niños hijos de los indígenas Awa masacrados en Altaquer, cuando estaban desplazados y debían ser protegidos por las autoridades policiales ¿Podrán perdonar y reconciliarse con esta sociedad fratricida?

Y Johan Steven ¿podrá descansar luego de tanta espera por el retorno vivo de su padre; sentirá que esta Colombia le dará la posibilidad de recuperar el tiempo perdido en su extenuante y heroica lucha por su regreso?.

Y los otros incontables casos más que hay en Nariño.  No regresará Yolanda en Tumaco, ni Pedro en Roberto Payán volverá a liderar la titulación de tierras, ni Jaime en Cumbitara, tampoco la risa de Genaro, ni José Libio, ni Teresa, ni la alegría del florista de Barbacoas;  ésta mal denominada “paz” no nos devolverá nuestros muertos ni sus risas, sus abrazos, tampoco sus frustraciones y sus sueños.

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Por eso, se debe brindar a las personas la oportunidad de mirar hacia adelante e imaginar un futuro mutuamente compartido. (Lederach).

¿Será capaz esta sociedad de dar el paso hacia un país mejor? Si no somos capaces estaremos siendo cómplices indirectos de todas y cada una de la víctimas que este conflicto ha dejado. Porque no seremos capaces de reconstruirnos como sociedad y habremos dejado a la deriva que viene con el olvido tanto dolor y muerte sin haber aprendido nada.

Los gobernantes de nuestra patria, desde la capital hasta el último municipio de la geografía nacional y los que vengan no pueden ser “liliputienses” en la construcción de paz si siguen anteponiendo sus interés particulares sobre el bien común.  El discurso político debe dar paso a un diálogo social práctico, abierto, reconciliador, menos protagónico y mas plural.

Y los incontables muertos –porque las estadísticas oficiales fallan y las de las ONG los inflan a su beneficio- seguirán resonando en nuestra cabeza y tocando nuestro corazón si la inequidad que campea por Colombia no se disminuye considerablemente a favor de los más excluidos.

No sabemos qué pasará, qué hay más allá de un escenario de firma del cese del conflicto armado.  No sabemos pero muchos sueñan que será como cuando el sol se oculta y después de una larga noche vuelve a salir.  No será tan fácil ni tan rápido y menos si seguimos haciendo ensayos con la paz.

Ojalá que los recuerdos de la guerra no nos devoren  sino que nos ayuden a construir una sociedad nueva; si no sabemos dar los pasos correctos en la dirección adecuada las fracturas del conflicto nos pueden llevar a un ciclo perturbador en donde nuevos conflictos más incontrolables afloren.

Un escenario en donde el país no se mueva un ápice en pro de las víctimas y de los más excluidos será para las FARC la peor de sus derrotas, más dolorosa que todas las derrotas militares juntas y el supuesto triunfo de las elites será otra tragedia griega  en donde hermanos unos de otros terminaremos en nuevos escenarios de odio y muerte.

Construir la paz no es la firma entre las partes, ya lo sabemos, pero la manera como se aborda continuamente nos genera la confusión para que así lo pensemos.

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