Visión Geopolítica de Pasto

Por Enrique Herrera Enriquez.

Para poder comprender la Historia de Pasto y por consiguiente el comportamiento de su gente, debemos de analizar aspectos muy importantes respecto a su posición geográfica y el sinnúmero de situaciones singulares que tuvo que afrontar a través de acontecimientos y hechos que marcaron la trayectoria de su devenir histórico. En cuanto a lo geográfico se continúa igual que en el ayer, salvo naturalmente de los cambios efectuados por el hombre en su adecuación para su servicio. Respecto a los acontecimientos y hechos históricos veremos a continuación cual ha sido su proceso en el devenir histórico.

La Villaviciosa de la Concepción, nombre primigenio con que se conocerá tiempo después a la ciudad San Juan de Pasto en el sur de Colombia, se funda como una villa o población intermedia entre San Francisco de Quito y Asunción de Popayán, teniendo en cuenta las grandes dificultades de desplazamiento existentes entre estas dos últimas ciudades, distantes entre sí en algo más de un centenar de leguas equivalentes para la época a los casi seiscientos kilómetros que hoy en día separan a Quito de Popayán vía panamericana.

Sin aún poderse precisar la fecha exacta de su fundación ni quien fue su fundador por cuanto no se ha encontrado el acta de fundación, está plenamente establecido que el Rey Felipe II, por intermedio de su hermana la Princesa Juana de Austria, expidió, el día 17 de junio de 1559, desde Valladolid, España, la cédula Real mediante la cual la Villa de Pasto adquiere el título de “Muy Noble y Leal Ciudad de San Juan de Pasto”, obteniendo en ese mismo día su “Escudo de Armas”.

La ubicación geográfica de Pasto, geopolíticamente hablando, es sin lugar a duda muy estratégica, al localizarse dentro de un pequeño valle, el de Atriz, al pie del Volcán Galeras, rodeada de todo un conjunto de montañas, colinas y praderas de difícil acceso, en un sector donde la abrupta geografía se rompe agrietándose de manera inconmensurable, dando origen a grandes montañas y profundos abismos que se van dispersando hasta llegar a verdaderas murallas de frontera natural tanto al norte como al sur, al occidente y al oriente.

Hacia el Norte de la ciudad, la arrugada y escabrosa topografía se desliza ondulantemente hasta llegar al gran cañón natural del río Juanambú, donde la profundidad de sus abismos y el gran caudal de sus aguas impiden cualquier paso si no se lo hace por un fortificado puente o una inquietante y peligrosa tarabita. Al suroccidente, el complejo conjunto de montañas, colinas y laderas se levantan y descienden bruscamente buscando un paso por el río Guáitara que evite llegar al infranqueable Angasmayo, límite actual de los municipios de Funes y Puerres, sitio en el cual, antes de la conquista española no pudieron pasar las huestes del imperio incaico al mando de Auqui Toma, hermano de Guaynacapac, viéndose obligados a cruzar “su camino sobre la mano izquierda por las tierras de Yascual y Ancubia”, según afirma Miguel Cabello de Balboa en su libro “Miscelánea Antártica”. Hacia el oriente de la ciudad, todo se estrella con un penoso ascenso que conduce hasta el ímpetu frío enseñoreado en medio de páramos, pantanos y humedales del incógnito Putumayo y el misterioso Amazonas.

Este marco geográfico enclaustrado entre los márgenes del Angasmayo, Guáitara y Juanambú, que han abierto con intrépidos caudales, grandes y profundos cañones, verdaderas murallas naturales de inaccesible acceso al caminante si no se hace por determinados sitios, congregó a un grupo de conquistadores, pobladores y colonizadores españoles que encontraron en estos lares tierras similares a las de su patria, habitadas por comunidades indígenas que sin oponer mayor resistencia entraron a convivir, compenetrándose y respetándose entre sí para trabajar en relativa armonía.

Si en verdad la ciudad de Pasto goza de un clima ni muy frío ni muy ardiente, es templado, su entorno geográfico que colinda con los tres ríos ya mencionados, cuenta con toda clase de pisos térmicos que van desde el ardiente de las hoyas del Guáitara y el Juanambú hasta el frío de las altas montañas y el templado o cálido que se asienta en planos y praderas a lo largo y ancho de esta abrupta geografía. El Valle de Atriz, donde se ubica la ciudad de Pasto, no es muy amplio, es largo, angosto y está rodeado de altas montañas que concentra toda una serie de población indígena que logró un entendimiento con el sector urbano, tanto así que debemos destacar como el día jueves 13 de marzo de 1586, de acuerdo al historiador José Rafael Sañudo, la Real Audiencia de Quito autorizó a don Alonso Carrillo para que llevara a efecto el reagrupamiento de dichas comunidades indígenas alrededor del longitudinal valle. Sabiamente dispuso que cada parcialidad se especializara en la producción de un determinado producto o cultivo, logrando de esta manera que tanto la ciudad como el sector rural tuviese gran variedad de productos agrícolas, obligando a la vez a una integración socioeconómica entre las gentes del campo y el sector urbano. Hoy son algo más de 21 pequeños poblados, algunos hoy Corregimientos que circundan a la ciudad, la abastecen de variados productos y mutuamente conviven entre sí con sus congéneres.

Aquellos productos de clima diferente a la gran despensa de Pasto y sus circundantes poblados, se traían de los sectores colindantes que gozaban de clima ardiente, como es el trayecto de la hoya del río Guáitara en los hoy municipios de Sandoná, Consacá y una parte de Yacuanquer; calido: Funes, El Tambo y El Peñol; y templado: Chachagui, Nariño y La Florida. Pasto y su gente, siendo tan distante de Quito y Popayán, tenían entonces para si toda una variedad de productos agrícolas y animales domésticos que abastecían no únicamente el mercado de la región sino el de sus vecinos, era autosuficiente, una verdadera autarquía. Las distancias más extremas: Sandoná, Buesaco y Funes quedaban a un transitar a pie o a lomo de mula de menos de cinco horas para llegar a Pasto.

Al marco geográfico descrito dentro de los límites del Angasmayo, Guáitara y Juanambú, se tienen que agregar las dificultades existentes en dos pasos que aún hoy son de respeto y peligro. Al norte, luego de cruzar con grandes dificultades el Juanambú, se halla el Valle del Patía, que muchos cronistas de la época calificaban como el “Valle de la muerte” por el tremendo calor y el sin número de plagas y animales salvajes que frecuentan el lugar; caso muy similar encontraba el viajero que lograba pasar el Guáitara para evitar el infranqueable paso del Angasmayo. Primeramente debía transitar por entre frías, escarpadas y nevadas montañas, muchas de ellas volcanes en plena actividad, para luego descender hasta El Chota, El Guayllabamba y su ascenso final a Quito.

Esta situación ubica a Pasto y su entorno, dentro de los límites geográficos anotados, como una región de privilegios, con abundante agua, considerada por muchos famosos viajeros todo un paraíso, un oasis en medio del desierto, si tenemos en cuenta qué y cuánto significaría para aquel entonces a un viajero, caminar a lomo de mula o a pie por entre los Valles del Chota y El Patía, cruzar el Guáitara y el Juanambú, escalando montañas, atravesando profundos abismos de pánico y de riesgo sobre ríos caudalosos que se encuentran por doquier, hasta llegar finalmente a una población rodeada de trigales y parcelas, gran número de animales vacunos, porcinos, lanares y silvestres; casas hospitalarias con sinnúmero de huertas caseras, gente amable y cordial, orgullosa de su raza, sus ancestros y abolengos, sin que exista una nobleza que los trate de humillar con títulos de Virreyes, Marqueses, Condes y demás ostentaciones nobiliarias de la época, como lo era Pasto y su gente, hasta antes de las guerras de la independencia.

El encierro geográfico, las distancias con Quito y Popayán y demás centros administrativos del poder español en América, amén de la prodigalidad de sus tierras, lo ubérrimo de la región, hizo que en Pasto creciera una sociedad muy particular, ligada entrañablemente a España, donde la iglesia católica se convierte en epicentro de todas las manifestaciones sociales, políticas, económicas y culturales, no en vano cuatro comunidades religiosas de varones: Mercedarios (1539), Franciscanos (1562), Dominicos (1572), y Agustinos (1585), y una de mujeres, Las Conceptas (1588), se habían establecido en el siglo XVI, controlando y adoctrinando ideológicamente a la población que estuviese a su cargo. Años después, lo harían: Jesuitas (1643) Filipenses (1830), Betlehemitas (1885), Capuchinos (1895), Vicentinas (1889) Maristas (1893), Visitandinas (1922), Carmelitas (1950), Eudistas (1926), Franciscanas (1927), y otras de menor trascendencia. Hoy, son múltiples y variados los templos, capillas, basílicas y conventos que levantan sus cúpulas sobre esplendidos campanarios, dando particular caracterización a San Juan de Pasto, de ser por excelencia la ciudad teológica del país.

Visto el marco geográfico en que se ubica Pasto respecto a Quito y a Popayán, entremos a continuación a analizar cuáles fueron los principales acontecimientos que trazaron el trascurrir histórico de Pasto y su gente para poder entender el porqué de su comportamiento en las denominadas guerras de la independencia.

Sin embargo, con todo este control ideológico, en Pasto tuvo ocurrencia un interesante movimiento independentista de España cuando desde 1558, y particularmente en el año de 1564, el pastuso Gonzalo Rodríguez promueve desde esta ciudad un movimiento separatista del imperio español con la participación de gentes en Lima, Quito, Popayán, Cali y Panamá que tenían correspondencia entre si utilizando un lenguaje criptográfico, que solo traducían los conocedores de la clave. Al ser delatado el movimiento, por un eclesiástico, que había oído en confesión a uno de los confabulados, obligó a Gonzalo Rodríguez a trasladarse a Mocoa mientras se calmaba el ambiente. De regreso a Pasto, retoma las riendas del movimiento, pero, como dice el historiador Alberto Quijano Guerrero: “El capitán Hernando de Cepeda había recibido inquietantes informes, sobre la situación de Almaguer. Se temía enfrentamientos de encomenderos y aborígenes. Visita esa comarca, pero noticias de carácter urgente reclaman su presencia en Pasto. Un delator de apellido Muñoz -con trabajo en una herrería- confidencialmente le hace conocer los proyectos de don Gonzalo Rodríguez y sus nexos con gente de Quito. Pese a la cautela se ha filtrado el secreto. Como medida de precaución, procede a detener al criollo. Y le aplica severas normas de vigilancia. Emplea, de igual modo, procedimientos de intimidación psicológica y de tortura física, a fin de que el prisionero denuncie a sus cómplices. Como el delator ha dicho que “un Pablos” es el guía de una porción de quiteños, el Capitán, con doce unidades de caballería, se traslada a Túquerres e Ipiales, en busca del enigmático mensajero. Como no lo encuentra regresa a Pasto e incrementa las torturas. Obtiene, según él, una confesión de la víctima. Se pone en práctica una acelerada acción de requisas y allanamientos. En esta cacería de supuestos comprometidos, no se respeta templos ni conventos. Uno de ellos, fue sacado de La Merced, donde se había refugiado”.

Es lo cierto, que el 24 de mayo de 1564, se procede a sacrificar a don Gonzalo Rodríguez “por grave desacato a la corona española y por incitación al motín y al desorden”, hecho que convierte a este pastuso en “Precursor de Precursores de la independencia”, cuyo cadáver fue descuartizado y sus partes puestas por los caminos a manera de escarmiento para aquel que quiera continuar con sus propósitos.

En 1781, año altamente convulsivo en varias partes del continente americano, la población de Pasto decide levantarse en contra del Dr. José Ignacio Peredo, Teniente General de la Gobernación de la Provincia de Popayán, quien viene comisionado por don Pedro Becaria y Espinosa, gobernador de dicha provincia, de la cual dependía administrativamente Pasto. El comisionado pretendía el 23 de junio de aquel año, vísperas de la fiesta de San Juan Bautista, imponer el estanco de aguardiente y tabaco, decretado por el regente visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres para solventar los gastos de la guerra que España sostenía con el imperio británico. Antes había hablado con los integrantes del Cabildo de Pasto, quienes le previnieron sobre la situación altamente conflictiva de tratar de imponer nuevos tributos cuando la ciudad se aprestaba a celebrar el día del Santo Patrono. El Teniente de Gobernador hizo caso omiso y se apresuró a dar lectura del decreto por su propia cuenta y a su propio riesgo. Al son de un tambor y por boca de un indio de la región de nombre Sebastián que hacía de pregonero, se dio a conocer el mandato que de antemano ya se sabía de su contenido al ser filtrada la información entre las gentes, ante lo cual el pueblo en general se alborotó y trató de tomar prisionero al comisionado que tuvo que salir a calzas prieta de la plaza principal, con la cabeza rota por una pedrada, correr por la calles de las Monjas hasta protegerse en el antiguo Colegio de la Compañía de Jesús, hoy Universidad de Nariño-centro, donde permaneció oculto hasta las horas de la madrugada, cuando creyendo burlar a las gentes salió a caballo rumbo al sur por una puerta falsa acompañado de su guardia personal, siendo alcanzado por el tumulto camino a Catambuco; al ser herido de muerte con una arma contundente por un personaje que la historia solo registra como el indio Naspiran, oriundo de Mocondino, es rematado y muerto a garrotazos por el enfurecido pueblo que dejó tirado el cadáver en un punto que hoy se conoce como la “Cruz de Catambuco”. El grupo de escoltas tuvo que huir, y el sargento Gabriel Valdéz, responsable de la seguridad de Peredo, se refugió en el convento de La Merced para evitar su linchamiento. La celebración oficial de las fiestas se canceló por parte de las autoridades, pero el pueblo continúo disfrutando del licor y la fiesta a su manera. En cuanto al autor material de la muerte de Ignacio Peredo, salió por propia voluntad de la ciudad sin que nadie lo delate, sin rumbo fijo, hasta perderse en el oscuro laberinto del misterio que autoridad alguna se atrevió a sondear para evitarse mayores contratiempos.

Hablando de las autoridades civiles locales, llámese: el Teniente de Gobernador y Justicia, El Alférez Real, los Alcaldes, el Ordinario y el de la Santa Hermandad; el Depositario General, los Regidores, el Alguacil Mayor, El Procurador General, y los integrantes del Cabildo, fueron en un principio como en todo América, españoles, gentes venidas desde la península para imponer el régimen que doblegaría a la población indígena ante el nuevo imperio. Cuando estos por uno u otro motivo salen de la ciudad para nunca más volver o mueren de viejos, serán sus descendientes, sus hijos, los que han nacido en Pasto y se han quedado, los criollos, quienes asumen el poder administrativo de la ciudad y por consiguiente el de la región. Este es un hecho muy particular que se debe tener muy en cuenta para analizar la actitud de las gentes de Pasto frente a las guerras de la independencia. Lo distante de la ciudad y toda la serie de dificultades para poder llegar a ella, dieron pie para que tanto Popayán, Quito o Bogotá, aún la lejana España, tomaran la determinación de no entrometerse enviando agentes de esas ciudades o de la propia España para que se encarguen del manejo administrativo de una ciudad que tenía características tan especiales, difíciles de entender para quienes no conocían los diversos factores que a grandes rasgos se han descrito de manera muy abreviada, y tal razón como ya se dijo: fueron los propios pastusos quienes asumieron la responsabilidad de administrar la región a nombre de la corona, situación diferente se presentaba en otras ciudades tal es el caso de Quito, Popayán, Santa Fe de Bogotá, Lima, Caracas, donde eran españoles venidos de la metrópoli, quienes gobernaban desplazando a los criollos o nativos del sector.

Como epilogo de esta visión geopolítica veamos a continuación cual era el comportamiento que debían tener las gentes residentes en Pasto, de acuerdo a un resumen que hace de un código de policía o “Auto de Buen Gobierno” el historiador José Rafael Sañudo, cuando afirma: “Es digno de contar el Auto de Gobierno, en que se advierte el espíritu de piedad y otras costumbres de la época que dio en 1722, el alcalde de Pasto, Carlos Burbano de Lara, donde se ordenaba que asistiesen los vecinos a misa de renovación del Cuerpo de Nuestro Señor, que decían los jueves en la Iglesia Matriz y Concepción y los domingos primeros de cada mes en los Conventos; que acompañasen al Santísimo cuando iba de Viático, so pena de media libra de cera de Castilla aplicada a su alumbrado y dos días de cárcel, atendiendo, añade, demás de dicho culto y veneración que debemos a la observancia de Nuestra Santa Fe Católica, solo dicha verdadera, manda que los mercaderes tratantes, no vendan géneros, comestibles, en los días feriados de precepto; no vendan ropa de Castilla, ni de la tierra, ni abran las tiendas, y los que vendan géneros comestibles, lo vendieren a media puerta cerrada”; que en esos días, las de juego no se abra, sino después de la Misa Mayor de la iglesia Matriz; que los gariteros no jueguen dados, ni juegos prohibidos y defiendan la entrada a los hijos de familia, vagamundos y esclavos, bajo pena de cinco pesos aplicados por terceras parte, a la Cámara Real gastos de justicia y denunciante; que oficial de oficio, no abra su tienda en días de precepto, sino es los zapateros y sastres hasta las diez del día, “para que den prudencial al bien publico”, pena a los montañeses de una libra de cera de Castilla y cuatro días de cárcel, y a los indios cien azotes y esos días de prisión; que no haya amancebados y que los que haya, salgan de la ciudad, dentro de tres días de la promulgación del auto; donde no, por la primera se les condena en medio marco de plata y ocho días de cárcel; por la segunda, en el doble tanto; y por la tercera en dos marcos, cuatro días de cárcel y destierro a veinte leguas; que todos los que tengan romanas balanzas, marcos, varas y medidas de vino, aguardiente de Castilla y aceite, dentro de quince días, se las presenten para su reconocimiento, y que ninguno que no sea cabo militar, lleve consigo trabucos, carabinas ni pistoletes, Disposiciones en que se advierte también suma prudencia, por procurar el descanso dominical, por corregir la vagamundería, la irreligiosidad y el amancebamiento y fraude que no son bases para la prosperidad de un país; sino son crímenes que bastardean de las más sanas facultades; debiéndose anotar que por ese año, de ciento veinte nacidos solo sesenta y nueve eran legítimos, y en el siguiente de noventa y nueve lo eran sesenta”.

He aquí, entonces, donde se encuentra la interpretación del comportamiento de las gentes de Pasto de aquel entonces: Vivian bien, teniendo cuanto se quería de alimentos de todos los climas a poca distancia; los gobernantes eran oriundos de la región; no se conoce de hombres nobles con títulos de Marques, Conde o Visconde; habían clases sociales que asumieron respeto mutuo para con el conglomerado en general de la ciudad. Cuando tuvo que actuar en defensa de sus principios y costumbres así lo hicieron sacrificando si es el caso a quienes pretendieron perturbar el orden establecido.

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