De la posibilidad de la paz y del reconocimiento del otro, o de la continuidad del antropo-guerrerismo

Por Gabriel Riaño

Todos en el planeta aprendemos, sentimos, pensamos, amamos, comunicamos y nos adaptamos mientras estamos vivos, que es la condición necesaria. Dos reglas nos hacen más semejantes, la búsqueda constante de  comodidad y la obtención del mayor beneficio al menor costo; también, una práctica que todo lo dinamiza, la de la búsqueda de la reproducción y de protección de la vida. Estos aspectos no son exclusivos de la humanidad, también están presentes en virus, bacterias, plantas y animales.

Todas y todos, hacemos lo mismo. De acuerdo con Humberto Maturana, aunque nos diferenciamos por el lenguajear, el emocionear, la consciencia, así como por la posibilidad de coordinar coordinaciones de emociones, que son las estructuras sociales, entre otras posibilidades, todas las especies vivimos lo mismo.

Así no lo hemos entendido, ni lo hemos asumido.

Estas generaciones humanas que hemos tenido la oportunidad de encontrarnos vivos y generar cultura, interrumpiendo por un momento la eternidad de la inexistencia, nos hemos creído el centro de centros, multiplicándonos y sirviéndonos de todas las demás especies, emprendiendo rimbombantes y crueles campañas de conquista y dominación, mientras elucubramos en función de reconocimientos y búsquedas de perduración en la memoria de las generaciones siguientes.

No sólo la emprendimos contra las otras especies, animales, plantas, territorios desconocidos, sino que también lo hicimos contra otros grupos humanos a partir de su sexo, su color de piel, su sistema de comunicación, sus costumbres y en los últimos siglos, contra quienes piensan distinto. Hemos perfeccionado sistema de imposición, dominación, sometimiento, transformación y por supuesto de eliminación. En cada caso hemos acudido a la razón. El otro, no es más que la demostración de la necesidad de su negación, podríamos decir. Hemos logrado articular sistemas de empobrecimiento, enfermedades desastrosas, mecanismos de exclusión y marginamiento, discursos de odio y negación, relaciones de sometimiento, hábitos de estafa y figuración, y a quien sobresale, sobrevive y se enriquece, le hemos considerado héroe y ser muy astuto e inteligente.

En momentos en que Colombia se apresta a dar un paso en el sentido de auto-reconocernos como parte de una misma comunidad, han aflorado sin adornos, discursos, emociones, sentimientos, creencias, convicciones, acciones y prácticas que niegan y reniegan de este auto-reconocimiento, buscando la continuación sistemática de la confrontación armada y prácticas genocidas, junto a la consolidación de modelos de economía de guerra, donde la guerra es un estado, una condición social que garantiza la producción y circulación de considerables recursos, ganancias, así como la continuidad del funcionamiento de sistemas normativos y relaciones de poder basadas en el uso de la fuerza.  No sólo es la confrontación armada y el genocidio contra pueblos indígenas y afrodescendientes, junto a la extinción sistemática de las otras especies mediante la insaciable cacería y depredación, sino la destrucción del entorno mediante la explotación desenfrenada de minerales y recursos naturales.

Así, continuar la confrontación armada es fortalecer el pretexto que justifica el estado de cosas, que desde la llegada de los patriarcalistas europeos nos ha sido impuesto y que nos niega la dignidad.