Yo también pateo piedras en la calle

Por Juan Pablo Villota Villarreal

Caminando cierta mañana por la calle de uno de los tantos barrios de nuestra ciudad, a veces buscando historias y en otras ocasiones despabilando la mente frente a tanta necedad que vemos por esta época electoral, me tropecé con Carlitos Mosquera  un niño de unos nueve años de edad, proveniente de la costa pacífica nariñense.  No digo nuestra como lo hacen los líderes serranos para conseguir votos pero que luego olvidan su existencia existe y se van de vacaciones al caribe o a las playas de Río de Janeiro.

Me sorprendió ver a Carlitos es mañana cuando se supone que todos los niños en edad escolar en nuestra ciudad asisten a clases.

“No voy porque no quiero, en la escuela me molestan porque no hablo como los de aquí.” – afirmó Carlos con tono fuerte y seguro de lo que decía.

Como ese día era uno de aquellos que buscaba perderme del mundo de los adultos y encontrarme con el niño que todos llevamos dentro. –Eso dicen los adultos expertos en niños- Me quedé junto a mi nuevo mejor amigo que entretenidamente pateaba un tarro de gaseosa.

“¿Y tu mamá que dice de tu decisión?” –Abordé al chico con aire de padre bonachón.

Nuevamente en tono firme, el chico con ínfulas de adulto que sabe para dónde dirigir su mirada y los pasos de su existencia me salió al paso: “Mi má dice que si no estudio que me ponga  a hacer algo bueno y que no ande vagueando por ahí”.

“Yo quiero ser Jackson”. –Y por fin se dibujó la sonrisa esperada-

“¿Jackson el futbolista o el cantante?”

“El futbolista”, afirmó.

Y como si nada me importara, al igual que a mi nuevo compañero de circunstancias, nos hemos puesto a patear el tarro por un momento pero como ese escurridizo niño que llevamos los adultos por dentro se vuelve volátil fácilmente ante las responsabilidades de grande me tocó con pena pedirle a Carlitos que suspendiéramos el juego y colocar una cita para una nueva partida pero con un balón de verdad.

“¡Yo también pateo piedras, señor!” me grito el chico cuando me alejaba.

“Y yo también” me dije mientras caminaba y recordaba paso a paso un viejo albúm de Rock en Español de Los Prisioneros llamado Pateando Piedras y dentro de él la canción El baile de los que sobran.

En esa época yo era un chico que poco entendía la letra de dicha canción: Únanse al baile de los que sobran / nadie nos va a echar de más / nadie nos quiso ayudar de verdad… / Oían los consejos / los ojos en el profesor / había tanto sol sobre las cabezas / y no fue tal verdad / porque esos juegos al final / terminaron para otros / con laureles y futuros / y dejaron a mis amigos pateando piedras….

¡Pateando piedras! A la salida de la escuela, caminando por la vereda, cuando el balón se pinchaba, por entretenernos entre amigos de calle y de barrio pero nunca como la posibilidad de vivir.

Carlos quiere ser cómo Jackson (Martínez) el futbolista del Atlético de Madrid, quiere pasar de patear tarros a patear balones para con ello seguramente poder cambiar su condición de vida, la condición de víctima del conflicto que le hizo salir rápidamente cierta noche de junio de su casa con su “Má” y sus tres hermanos para encontrarse ahora en un espacio donde los otros niños no le entienden su manera de hablar y su tono de voz.

¿Cuántos chicos tendrán que pensar en asegurar su futuro pateando piedras? O dándole golpes al rival en el ring de la vida o soñar con dar el salto de Katherine Ibargüen, seguramente son muchos y más de los que me imagino o que las estadísticas amañadas del Estado nos muestran.

Con Carlitos Mosquera nos veremos la otra semana y seguramente como padre bonachón le aconsejaré volver a la escuela o si mi estado de ánimo y el tiempo me lo permiten iré a su escuela para “dar cátedra” a los otros chicos sobre lo que significa la inclusión, el conflicto, etc, etc. esperando que con ello en la noche descanse mi alma.

El reto que nos viene a esta sociedad es grande, ¡inmenso! luego que parece inminente la firma de un acuerdo entre las FARC y el Gobierno Nacional y este reto no solo tienen que ver con los desmovilizados o la fuerza pública, que de por sí es inmenso, o los trinos del ex presidente (mejor no le nombro); los desafíos tienen que ver con la capacidad que tengamos de construir sociedad, una nueva sociedad.

¡Yo también pateo piedras! Sobre todo cuando se me sale el niño que seguramente tengo por ahí y que me hace ilusionar con un fututo diferente pero al tiempo salta el adulto, marcado por las experiencias, me dice que no será fácil y que el ejemplo de Carlos muestra que su aula de clases no está preparada así como nuestra sociedad nariñense no lo está plenamente para lograr que niños como él sientan que patear piedras en la calle no es mejor que las letras, los números y el encuentro son sus iguales en el patio de recreo.

La brecha social es grande.  El acceso a la universidad no es sólo por el poder del dinero, sino también por el monopolio sobre las esperanzas que tienen nuestras clases dominantes.

Cientos de niños y jóvenes acuden a las aulas sin expectativas, sabiendo que el sistema es para una minoría que se queda con los aplausos, con las matrículas y con las oportunidades en la vida.

Los otros, la mayoría, tendrán que seguir pateando piedras en las esquinas. Como ocurre hace décadas, como ocurre ahora cuando vemos a unos pocos privilegiados por el poder que aprovechan su cuarto de hora y tienen a sus hijos e hijas en los mejores lugares de estudio, dentro y fuera del país, tristemente aprovechando el discurso de la guerra y ahora el de la paz esperando que más “Carlitos” sigan pateando piedras para luego ofrecerles discursos mesiánicos de salvación que nunca llegarán.

 

2 Comentarios

  1. Muchos pensamos que comemos mucho, «Como de todo!, puedo comer bastante en una sentada y todavía de este modo no engordo».

    por cien grasa (baje de Usted obtiene las mejores fuentes de proteínas en combinación con el mejor sabor.

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