Tumaco ¿Cuándo cesará la horrible noche?

Por Juan Pablo Villota Villarreal

A modo de introducción 

A propósito de los últimos acontecimientos que han afectado al puerto nariñense de Tumaco, he querido traer a ustedes este artículo publicado en el Informe RUT sobre desplazamiento Forzado  hace ya once años con respecto al fenómeno de desplazamiento que venía incrementándose en la Perla del Pacífico y que era invisible para la sociedad nariñense y la colombiana

Once años ya, mucha agua corre bajo el puente y muchos son los hechos de violencia que se acrecientan e incrementan en este hermoso territorio.  Pareciera una historia sin fin, una historia no solo de nunca acabar sino que en la más brutal comparación con la dialéctica de Hegel, los hechos no solo vuelven y se repiten sino que lo hacen con mayor crueldad, sin menor reverencia y sin menor asomo de solución real y verdadera.

¡Ay Tumaco!, Tumatai, tierra del hombre bueno, ¿cuándo cesará la horrible noche?

A continuación el texto en mención:

“En nombre de Dios, pues,

y en nombre de este sufrido pueblo,

cuyos lamentos suben hasta el cielo

cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego

¡les ordeno!, en nombre de Dios: ¡cese la represión!”

(Mons. Oscar Arnulfo Romero) 

Cada día se desearía que en Colombia las noticias sobre violencia, combates, desplazamiento forzados que vemos, oímos, leemos en los medios de comunicación y que muchos colombianos viven en carne propia, fueran disminuyendo. Anhelamos que un ángel caído del cielo reemplazara las nefastas noticias por “Buenas Nuevas”; soñamos con el día en que los campos  sembrados de minas se transformen en campos sembrados de productos agrícolas; aspiramos que la palabra del profeta Isaías “cambiar las espadas por arados, las lanzas por podaderas” sean una realidad.  Deseamos… anhelamos… soñamos…  aspiramos… y esperamos, ¡Esperamos!

Esperamos con la esperanza viva del creyente, que nos pide actuar frente a la realidad y no verla como simples espectadores, que la observan maquillada por la caja mágica (o la caja boba). Llamados a ser portadores de la Esperanza, aquella que hace que muchos de nuestros hermanos desplazados no se rindan ni se dejen vencer; propiciadores de la reconciliación pero con la puesta clara porque ella se dé a través de la Verdad; convocados a cumplir con la expectativa del Papa Pablo VI de brindar a los demás “razones para vivir y razones para esperar”.

Pero muchas veces solo esperamos… Como en una sala de espera en una clínica, a la espera que se haga un milagro, a la espera que el médico cumpla con su tarea, a la espera de lo que muchas veces parece imposible.  Ese tipo de espera no genera esperanza, genera angustia, desconcierto, desesperanza.  Si como colombianos anhelamos la Paz debemos ser constructores de ella, protagonistas de ella, capaces de transformar desde nuestra realidad las estructuras injustas de pecado que generan violencia, hambre, pobreza y muerte.

La fe de un creyente no es solo la búsqueda del Creador por un camino espiritual; también es la búsqueda del rostro de Dios en cada hermano que ríe o que sufre, que vive o muere.  La fe exige la práctica de las obras y las obras piden mucho de fe para realizarlas; para que no decaigamos ante la magnitud del fenómeno de la violencia, del desplazamiento, del horror mismo de la guerra.  Porque cuando la cruda realidad supera nuestras capacidades de transformarla necesitamos mucho de la fe para saber que lo que hacemos ayuda a encontrar la luz al final del túnel.

Testimonio 1: 

“…la reacción que tomamos los habitantes fue huir por el número de disparos que estos dos grupos (FARC y AUC) ocasionaron; unos se metieron debajo de las camas, otros se fueron hacia dentro de las casas y otros se desplazaron.  Cosa que la vereda se quedó sola; en estos momentos no hay habitantes en ese sitio donde ellos se enfrentaron.  En aquel suceso muchas personas se desaparecieron… desde aquel enfrentamiento los habitantes de esta comunidad no pueden tener tranquilidad, viven asustados de alguna retenida por parte de los grupos”

(Don Roque – habitante vereda La Temerosa”

*Los nombres y sitios ha sido cambiados por seguridad de los declarantes) 

Cada día, en Colombia, se debe despertar una conciencia más clara frente al clamor de la población en situación de desplazamiento, “de este ensordecedor grito del pueblo… que pide justicia…”  y no ser llevado al olvido, al rincón de la sociedad donde muchos son ignorados o se vuelven invisibles.

Sabemos que la crisis humanitaria cada día se torna más angustiosa en todo el país, y de ellos somos muchos más conscientes en nuestra región pacífica nariñense. Una región donde el olvido gubernamental campea, donde las necesidades básicas insatisfechas (NBI) tienen niveles tan altos que fácilmente superan a países en condiciones económicas más precarias que el nuestro como Haití o Bolivia. A esto se le une un problema mayor: la grave crisis humanitaria que se vive en los últimos años.  Crisis que se ve reflejada en el número de familias desplazadas de los municipios de la costa hacia Tumaco o hacia Pasto, la capital del departamento. Si comparamos el número de pobladores de esta región pacifica (309.006 habitantes, según cifras oficiales) con el número de personas desplazadas (aproximadamente 10.000, según cifras del RUT) el problema es grave, grande… pero lastimosamente muy poco visible a los ojos del país entero.

A partir del lugar social donde nos colocamos, a partir de la óptica con la que vemos el mundo y sus acontecimientos, a partir de la conciencia propia del ser de cada uno de los pobladores afrodescendientes de esta región, podemos ir construyendo soluciones y caminos con esperanza.

Testimonio 2: 

“En nuestra comunidad hubo un desplazamiento que se enfrentaron el ejército con la guerrilla; tuvimos que salir huyendo de nuestras casas y esto sucedió en la comunidad de Río Piedras* y en El Rincón* ocurrió lo mismo: subió un grupo de paramilitares y las personas salieron corriendo pero principalmente lo primero que se hizo fue salvar a los niños.  Sufrimos mucho por culpa de los grupos armados… 

En El Escondedero* pasó lo mismo cuando estaban los “paras”; ellos amenazaron con acabar con la comunidad, se enteraron de lo que iba a pasar salieron desplazados pero todos desesperados por dejar las casas solas y tener que abandonar todas sus pertenencias… Nosotros como civiles tenemos derecho a la verdad, a no ser explotados por los demás” 

(Doña Flor María – habitante vereda Río Piedras durante un taller de D.I.H

*Los nombres y sitios ha sido cambiados por seguridad de los declarantes) 

Mirando a partir del pueblo afrodescendiente podemos constatar la presencia de un Dios liberador que toma las facciones del hombre y de la mujer afro, de un pueblo que no está enmarcado en los esquemas tradicionales.  Podemos constatar la presencia de un Dios dinámico que camina y anima la lucha de toda una comunidad que ESPERA ver un futuro distinto donde sus derechos sean respetados, sus sueños no sean aplastados y sus convicciones sean tenidas en cuenta para su libre desarrollo.  Un pueblo donde la alegría, la confianza y los brazos abiertos hacen parte de su modo de ser no pueden ser cambiados por la tristeza en los rostros de los niños, la inseguridad frente al extraño y las puertas cerradas por la soledad de sus moradas.

Si cada pueblo posee la libertad de determinar su futuro, este pueblo de la Costa Pacífica reclama su aspiración válida de vivir en paz, de buscar caminos para su desarrollo, de anhelar, soñar, desear, aspirar y esperar… esperar que el mañana traiga –como el mar a la playa- buenas nuevas reflejadas en mejor servicio de salud, de energía, de vivienda, de educación y de empleo. Nosotros colocamos nuestra fe junto con sus exigencias prácticas para acercarnos como Pueblo de Dios cada día más a esta aspiración. “Que las Madres de la Plaza de Mayo / alaridos como dolores de parto / consigan dar a luz / al Hombre Nuevo, / al Pueblo libre, / la Gran Patria Amerindia, negra, criolla, ella” (P. Casaldaliga. Experiencia de Dios y Pasión por el pueblo).