Recuerdos que ya no dicen nada ¿Quién vivió en estas casas de ayer?

Los que  habitan, ahora sus destempladas sendas

Por: Carmen Miranda Montenegro

Basta caminar por esos días de mayo, al terminar una tarde de noticias, titulares, emboscadas y acertijos, para detenerse frente a una capital naciente, a sus construcciones  de vientos y pesares para acertar  las historias que aun laten agarradas del olvido, miles de callejuelas  aparecen inquietas ante los ojos del nuevo visitante: de repente, doblegada ante la senil apariencia de su historia, se deja ver, una última morada, vacía, tribulada de voces que no hablan. Estaba allí, céntrica, aprisionada en un duelo que nadie nunca entiende, callada pues ya no existe quien se acerque a sus ventanas.

Sin tocarla, pasando junto a ella, han pasado por ahí sus nuevos  inquilinos, vienen y van recorren los cuartos de infancias prematuras,  de  los que allí vivieron, de sus historias que agonizan, ahora las paredes solo respiran llanto. Las navidades sobrias que abrigaban otros tiempos ya sean ido; apegos distintos que ahora rechinan en un eco de venganza,  cien años atrás, eran todos  un remolino de  blancas ilusiones, la familia perfecta, de moral casi impecable. En un desfile de rosas solitarias, quienes plantaron, cada escombro tirado en los pasillos, soñaron que debían ser eternos, dejando a un lado los siglos que vendrían con la muerte.

Las almas que vienen del pasado, fantasmóricas  apariciones

Hoy no queda casi nada de ellos, los que fueron ya no están, solo las sombras de sus descarnados cuerpos asustan en esa noches de luna atormentada, por ahí los escucharon caminar entre los cuartos que anidan los buenos inquilinos, claman en esas horas negras, como queriéndose aferrar  en el límite en que la muerte humedece los últimos sollozos de la vida. Viejos son quienes ahora están, su cuerpo se confunde con las pesadas tapias, han de sentirse gloriosos, unidos por la calma. El pequeño Jorge Andrés Montenegro a sus doce años, dice haber conocido de cerca esas ánimas que llegan sin aviso. “Una noche  baje al baño, y en la puerta estaba una mujer de negro, note su pelo crespo, era alta y parecía que estaba cantando (…) la cancón era triste, al momento reaccioné y subí corriendo a mi cuarto”, relata Jorge Andrés.

Quienes habitan estas fascinantes tapias, relataron  de todo cuanto se escucha y ve: pasos a la media noche, rechinan entre escaleras y cuartos, la extraña mujer parada en el portón principal, dicen que siempre está de blanco, que anuncia huaca, dolor, miedo y soledad, espectros que vagan sin sentencia ni final.

 “El árbol, la casa y yo tenemos los mismos años”

La niña, a la que siempre llamaron Rosa Honoria Rosero Muñoz, habla con desmedida ausencia, llegó a habitar lo que siempre ha sido su morada cuando apenas era una recién nacida. Fecha de nacimiento, es la pregunta que se hace a la matrona, ella, sin más afanes que el cúmulo insostenible de su siglo, data: “El árbol, la casa y yo tenemos los mismos años”,  su documento de identidad  así lo anuncia, 20 de septiembre de 1920. Al volver a las horas de su tiempo, la niña, ampara esos días de juegos infantiles, cuando la luna aun olía a queso, cuando era chica y los vientos que caían en el árbol del patio principal los llevaba a primos y vecinos a viajar, despojados de angustias a lomo de libélulas y duendes.  Las habas tostadas, el juego del venado, las escondidas y miles de acertijos encantados, fueron los compañeros de la infancia de la niña, ahora ya no están  se fueron a otros mundos pero habitan todavía en las hojas de recuerdos que van cayendo con la pesadez lánguida del tiempo.

Legado cultural para Tulcán

La señora Rosa Honoria  y los integrantes de su familia, dijeron que para ellos sería muy importante que el gobierno fijara su atención en esta casona, que representa un patrimonio histórico para la ciudad, realizando el ornato y adecuación de la  fachada de la casa,  pues sería injusto que la vivienda desapareciera sin dejar rastro alguno de su historia.