Construir paz con la gente de Nariño: entre la incredulidad y la fe

Por Víctor Chaves Rodríguez.

Miradas del proceso de paz desde una región como la nariñense. La incredulidad ante una promesa se enfrenta a la fe, basada en una necesidad, antes que en una esperanza.

Para el nativo y el habitante de Nariño, en el campo, el pueblo o la ciudad, la convicción  de que por fin se suscribirá la dejación de las armas y el fin del Conflicto Armado entre el Estado y una de las más importantes organizaciones al margen de la ley, las Farc, aún no es absoluta.

Es más: para muchos, esta nueva versión del juego de la paz parece más larga que las anteriores, aunque su final aparece tan incierto como en el pasado. Eso no quiere decir sin embargo que quieran que el asunto en La Habana se resuelva de una manera diferente al de la  suscripción del acuerdo para el desarme. “Lo que pasa es que tanto los gobernantes como los guerrilleros llevan muchos años, no solo disparando, sino diciendo mentiras  y por eso ahora resulta muy difícil creerles” comenta Don Julio, un veterano líder social y campesino del sur del país que estima que pese a este antecedente “es un reto que debemos afrontar por el bien de nuestros hijos y nietos”.

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¿Ambivalencia?

En su reciente publicación “Alternativas a la guerra: iniciativas y procesos de paz en Colombia”, la docente universitaria e investigadora social Esperanza Hernández Delgado sostiene que las comunidades “a través de diversas iniciativas han ofrecido su propia visión de la paz sobre la base de nuevas relaciones sociales basadas en la solidaridad, la cooperación y la reciprocidad”

“Sin embargo, agrega, estas invaluables iniciativas locales demandan un enorme coraje, ya que a veces su sostenimiento implica un precio muy alto. Hernández Delgado ofrece una tipología de las iniciativas y sus diferentes énfasis y concluye que la paz en Colombia requiere no sólo de los acuerdos de paz sino también de inclusión social y participación a nivel comunitario.

La experiencia que deja la recopilación de información surgida de los talleres, foros y encuentros programados, desarrollados y ejecutados por Agenda de Paz Nariño permite extraer algunas conclusiones básicas y otras un poco más detalladas acerca de los sentimientos que la búsqueda de paz, en sus diferentes presentaciones, despierta entre las comunidades rurales y urbanas del departamento de Nariño.

Si bien el escepticismo permanece aún en la mente y el espíritu de las comunidades de la región, es un hecho que a la par crece el deseo ferviente de aportar a la construcción de una paz que no se suscriba directamente a lo que se diga en Cuba pero que sí proceda con una articulación lógica y consecuente.

Justificado escepticismo

“La gente piensa que hay que arreglar el tema de la guerrilla, pero también observa con preocupación que asuntos como el de la corrupción de nuestros dirigentes o la ineficiencia administrativa del Estado, apenas si se comentan”, señala Luisa Marina, una lideresa indígena en el centro y sur del departamento de Nariño, que ha dedicado gran parte de su vida a la lucha por la paz en su territorio y la protección de la naturaleza.

Como ella, se encuentran a lo largo y ancho del Departamento, especialmente entre los líderes de organizaciones sociales, comunitarias y similares, muchas personas que están convencidas de que  el Estado bajo su estructura actual será incapaz de manejar el post acuerdo y ahí radica la razón de su pesimismo frente al futuro de todo lo que hoy se habla con relación a la paz.

“Para las mujeres que viven en zonas de conflicto armado no es fácil entender cómo será la paz. Siempre han vivido en medio de la guerra y han aprendido a sobrevivir de maneras que a veces son muy complejas, pero fundamentalmente han aprendido a defenderse solas. A ellas les va resultar complejo reinsertarse a sus núcleos sociales y familiares, sobre todo si las cosas no han cambiado sustancialmente, adentro y afuera de la casa”, sostuvo Marina Albear, representante de la Mesa Departamental de Víctimas durante una de sus intervenciones en las diferentes actividades de Agenda de Paz Nariño en las que ha participado.

De la misma manera, sectores como el de la población LGBTI e inclusive las colectivos que representan diferentes expresiones juveniles, tanto urbanas como rurales sienten inclusive que ni siquiera pertenecen a procesos sociales de construcción de paz en regiones, que como la de Nariño que “nos prefiere en la invisibilidad”, como lo sostiene Armando Villota Esparza, dirigente de la Fundación Ágora.

En este mismo sentido, Madeleing Silvana, lideresa de grupos juveniles piensa que “para la gente joven es prácticamente imposible creer en un proceso de Paz que  la ignora por completo. No tiene en cuenta sus iniciativas y cuando la invitan a eventos para una supuesta construcción de propuestas de paz, es prácticamente por cumplir. Por llenar un cupo”.

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Compromiso necesario

Personalidades que vienen acompañando este proceso como el padre Vicente Legarda, director de la Pastoral Social de Ipiales, sostiene que a veces “no es tan fácil reconocer a la paz como el camino que se debe buscar, pues tantos años de guerra, de miseria y de tristezas endurecen tanto el corazón que para muchos resultará muy difícil recuperar la cordura, la tranquilidad y la capacidad para perdonar”.

Pero él mismo brinda la respuesta: “Se debe asumir un profundo compromiso consigo mismo y con sus hermanos de hacer todos los sacrificios que sean necesarios para consolidar la paz en nuestros territorios. Si se hicieron sacrificios durante la guerra, entonces ahora se debe hacer un último esfuerzo para que todo esto por lo que estamos luchando se convierta  en una realidad y no en una nueva frustración”.