La era de las revoluciones virtuales. 

Pablo Emilio Obando Acosta

 

“Estupidez significa el poder de mantener dos creencias contradictorias en la mente simultáneamente, y aceptar ambas.“

H-G. WELLS

Las redes sociales no sólo transformaron las maneras de relacionarse, también cambiaron y alteraron los juicios sobre los acontecimientos sociales e históricos.  Hasta hace poco cuando la sociedad o la opinión pública querían demostrar insatisfacción por alguna medida económica o política, simplemente se concentraba en la plaza pública y entre vivas, gritos y arengas se reformaba o se alteraba la medida impopular e inconsulta.  Los líderes preparaban su disertación, acudían a la sensatez de su gente y hacían que las aguas vuelvan a su cauce.  La insatisfacción se expresaba en la presencia de las masas populares en las calles, disturbios, revueltas, cese de actividades, pliegos de peticiones y la siempre presencia de la fuerza pública tratando de contener los desórdenes sociales. Hasta la década de los noventa en la América subdesarrollada los discursos y las arengas cubrían los frentes públicos apelando  a la bondad o la sensatez de los gobernantes. Los revolucionarios o izquierdistas, aunque también los de extrema derecha y reaccionarios, se veían la cara, se tocaban, se sentían, se fumaban el cacho de rigor o se tomaban el tinto humeante, portaban la misma camiseta con la misma efigie e izaban la misma pancarta con la manida frase de siempre.

Hace años que estas escenas son cuestión de historia, cada vez son menos frecuentes y las masas se han tornado raquíticas y vergonzantes.  Pero ha surgido, en cambio, una nueva forma de “hacer revolución”: el “me gusta” de los ordenadores que acompaña la invitación, la indignación o el repudio de los acontecimientos.  Hoy es muy fácil sumarse a las marchas mediante un simple click que brinda la ilusión de ser solidario o estar con la causa.  Se denuncia maltrato animal y cientos de clicks se activan mientras en la puerta de su casa o en su cuadra el vecino maltrata a su compañero de vida; que sube la tarifa del transporte público e inmediatamente cientos y miles de clicks se encienden en los ordenadores o en las realidades virtuales y todos contentos de sumarse así a la protesta e indignación; aparece un mensaje sobre la usura financiera y millones de clicks o “me gusta” irrumpen en las pantallas.  Pero el maltrato animal aumenta, la tarifa del transporte público no baja y el sistema financiero continua con mayor fuerza imponiendo sus tarifas usureras.

Todos se sienten revolucionarios, escriben bellas frases, se enfrentan a la banca mundial y al Fondo Monetario Internacional, agravian al presidente y sus ministros, se solidarizan con las víctimas, se muestran graves y firmes -en la realidad virtual-, pero continúan con su vida insulsa y estúpida,  no renuncian a las comodidades del sector financiero y mucho menos optan por un estilo de vida diferente.  Elogian a Mujica con sus clicks  mientras sueñan con el automóvil último modelo; pasan horas, días, semanas frente a un ordenador haciendo revoluciones mientras a su alrededor la realidad es totalmente opuesta  a sus “me gusta”. Parece que la nueva psicología de las masas virtuales ahoga entre sus tentáculos a esa otra realidad que se muestra lejana y distante; sólo es válido aquello que nos permite un click, un “me gusta” o un comentario digital, los ordenadores nos ganaron la partida imponiendo en nuestros cerebros una nueva realidad que se ajusta más fácilmente a nuestros simples deseos; se cree entonces que la revolución se hizo, que la protesta se efectuó, que la denuncia fue efectiva, que sumamos voluntades y que ese mundo de afuera se transformó por orden mágico ante el simple dictamen de un click.

Todo indica que la realidad de siempre se ha transformado en otra realidad. Nuestro mismo cerebro ha terminado habituándose a esas nuevas formas de intervenir el planeta, los amores son virtuales, el sexo se vive tras una imagen, los mensajes ya no se dicen al oído si no a las pantallas, las caricias se convirtieron en toques, los insultos en  caritas tristes o alegres, los memes usurparon el sitio de las emociones.  No está lejano el día en que la realidad se viva tras los lentes de una multinacional;  no habrá más caricias, más abrazos o más deseos.  Bastará con concebir todo aquello que una vez hizo parte de nuestra piel, activar artificialmente conexiones neurológicas para de esa manera sentirnos involucrados con el devenir de los tiempos.

Sin pretenderlo hemos hecho de nuestras nuevas revoluciones un nuevo frente reaccionario, pues sin estar presentes nos consideramos parte de esa realidad que se pretende transformar o alterar; en realidad somos nosotros los transformados, los alterados, los engañados.  Nuestro cerebro ya no es el mismo, en sus laberintos  neuronales únicamente se activan las realidades virtuales que no permiten el ingreso de esa verdad ajena que un día fue la única realidad posible;  basta un click o unos cuantos “me gusta” para volvernos más ajenos, más lejanos, más distantes… las masas virtuales ahogaron al último hombre, hicieron de él una realidad aparte, muerta, fría, atípicamente asocial.  Atípicamente irreal…