Por Víctor Chaves Rodríguez

Nariño y el consumo de drogas ilícitas en el Mundo. Como región que lidera la producción de hoja de coca en un país que ahora consume cocaína con más avidez que nunca, Nariño tiene ahora una enorme responsabilidad y la obligación de incidir en las determinaciones que marquen el futuro del consumo de este tipo de drogas en el mundo.

La utilización de la cocaína como droga recreativa viene desde muchos años atrás. Pero fue luego de que su comercio en Estados Unidos demostró que se trataba de un gran negocio en potencia, que también comenzó a popularizarse su uso.

En la década de los años 70, los nariñenses se sorprendieron como nunca con la noticia de la captura de una persona reconocida en Pasto, cuando intentaba llevar camuflado en un vehículo, un kilogramo de cocaína. Es esa tal vez la primera información sobre hechos de narcotráfico en esta región.  Esa pasta se había producido en Bolivia y luego de vendérsela a un par de colombianos que aparecieron por esos lados, se intentó llevarla hasta Cali por tierra para luego embarcarla al exterior, sin que se lograran los objetivos.

La noticia puso el tema sobre la mesa y entre los comentarios que se escuchaban alguien planteó que el verdadero negocio estaría en lograr sembrar la planta de coca en estos territorios. Esa idea, que para ese entonces lucía simple y hasta tonta, fue la que finalmente llevó a este territorio a convertirse en uno de los proveedores de materia prima para la elaboración del estupefaciente, que también se produce en grandes volúmenes en la misma zona.

Evolución del consumo

Solo basta recordar que el propio Juan Manuel Santos, siendo candidato  presidencial, se apresuró a contarle a los medios de comunicación que de joven había consumido algunas drogas, siendo estudiante universitario, precisamente en Estados Unidos, para evitar que luego este hecho fuera utilizado en su contra como parte de la campaña en la que estaba participando.

Santos trató de mostrar en ese momento que había sido una actitud propia de jóvenes de clases media y alta, que por simple curiosidad  o por no quedarse atrás de los demás probaban estos y otros alucinógenos. La gente, todo indica, le creyó y confió en que así fue como sucedió y que su consumo fue efectivamente recreativo.

No ha sido el único mandatario que hace esta confesión, pero su argumento  sirve para explorar la evolución del consumo de la cocaína en Colombia. En efecto, en los años 80, el uso del alcaloide era propio de la gente con cierto perfil social, amante de los clubes y las discotecas. Un “pase” de “perico” era, según sus consumidores de entonces, ideal para prolongar la rumba hasta el amanecer, sin sentir el agotamiento físico.

Pero en la medida en que Colombia se afianzaba como productora a gran escala, la cocaína fue trascendiendo fronteras sociales, bajó de precio, pero los adictos más pobres se aferraron al bazuco, un derivado de la coca que contiene elementos químicos de alto riesgo para el consumo por seres vivos.

Así una droga  de mala calidad y unos derivados muchos más letales comenzaron a llenar las ollas de la ciudad, para abastecer una demanda siempre en crecimiento. La pauperización del consumo de los derivados de la coca llevó el mal hasta los últimos rincones de Colombia y Nariño no fue la excepción.

Producción y consumo en Nariño

Aunque la hoja de coca desde que llegó por voluntad de las mafias del narcotráfico nunca ha faltado en este territorio, su liderazgo como región productora comenzó a afianzarse en los años 90. Hasta ese entonces, la región era utilizada exclusivamente como ruta para la entrada de precursores  y de salida del producto ya terminado.

El consumo comenzó a popularizarse por los jóvenes que en ese entonces viajaban a Bogotá o Cali principalmente para adelantar sus estudios universitarios. Era un consumo similar al de Juan Manuel Santos de joven, es decir, que se consideraba recreativo en los estratos sociales más importantes, pero de toda manera prohibida.

Fueron notables en Pasto e Ipiales varias historias sobre hijos de empresarios y dirigentes políticos que resultaron bastante involucrados en el consumo de estos estupefacientes; algunos terminaron en centros de rehabilitación o envueltos en circunstancias complicadas tanto a nivel sanitario como judicial.

Al igual que en otras regiones de Colombia y de los países vecinos, inclusive, la utilización del basuko también se propagó, especialmente entre jóvenes de estratos sociales bajos. Se trata de un compuesto químico más que de una droga, el “sobrado” de la purificación de la pasta de coca. Con riesgos letales para quien se convierta en asiduo consumidor.

Pese a todo esto, Colombia no figuró sino hasta después promediar la primera década del nuevo milenio, como un país con preocupantes indicadores de consumo de productos químicos procesados con base en la hoja de coca. Algunos analistas señalan que la presión de las autoridades antidrogas de Colombia, Estados Unidos  y algunos de los países vecinos ha frenado la exportación del alucinógeno. Gran parte de esa droga represada iría a parar a los centros de distribución para el consumo local, con dos efectos inmediatos: la expansión de la oferta hacia sitios en donde habitualmente no se conocía ni consumía la cocaína y la rebaja de los precios para los consumidores.

Los informes de las dependencias encargadas revelan que en efecto el consumo aumentó y llegó a lugares insospechados. Personas más jóvenes comenzaron a utilizar la cocaína  y poblaciones que se consideraban históricamente al margen de todos estos temas terminaron manejando situaciones complejas, para la cual no estaban preparadas.

Como era de esperarse fue de manera brusca e imprevista que el país se llenó de adictos a drogas fuertes y que el Estado a través de los gobernantes, tampoco es sorpresa, fue de los últimos en enterarse. No se pretende asegurar que antes no existieran los adictos a estas drogas, sino que en esta época los indicadores de consumo están disparados y las razones muy posiblemente están detectadas aunque no enfrentadas como se debe por los gobernantes y las autoridades, como también es obvio.

A responder ante el mundo

La condición de país productor y ahora también consumidor de cocaína obliga a Colombia a asumir un rol muy importante a escala mundial: crear las directrices para determinar el futuro de este tipo de drogas.

A diferencia de la marihuana por ejemplo, que ya parece tener una ruta trazada que la lleva hacia la legalización global para uso recreativo, con la “perica” las cosas son por ahora a otro precio. Los giros de la política orbital sin embargo podrían propiciar que los temas relacionados con los cultivos de coca, la producción de pasta, la refinación de la cocaína, el transporte, la distribución y el consumo muy ponto comiencen a debatirse y Colombia debe ser protagonista de lo que acontezca.