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Somos el patrimonio.  La primera semana de enero en San Juan de Pasto está marcada por seis días de celebración festiva. El tradicional día de asueto de los esclavos negros por los años de la colonia terminó convirtiéndose en una conmemoración por la libertad humana. Luego, un desprevenido juego de talco perfumado desencadenó una serie de celebraciones que terminaron por engalanarse en 1920 con las primeras carrozas elaboradas por las hábiles manos de los artesanos pastusos.

La mezcla de las tradiciones indígenas y campesinas que en los mismos días se manifestaban como plegarias para el cuidado de los sembrados, sumadas a la teatralidad, la personificación, y los mitos españoles, y el grito por la libertad de la herencia africana terminó por cristalizarse en los carnavales de negros y blancos que en 2009 fueron declarados, por la UNESCO, como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Si el patrimonio se define como la adquisición de un objeto de valor por parte de una persona o una familia para generar con el tiempo una apreciación económica, el patrimonio cultural también se sustenta en los valores, en el sentido que una herencia tiene para la memoria del pasado, tanto como para las generaciones del futuro. Es decir, el carnaval de negros y blancos tiene valor para quienes lo provocaron, para quienes lo viven en el presente y para aquellos que jugarán y lo disfrutarán en los años porvenir.

Casi cien años después el carnaval original, por lógicas razones de la dinámica cultural, ya no es el mismo. La ciudad que le dio nacimiento, ya no es la misma. Las calles por donde transitaron las primeras carrozas se han transformado igual que lo han hecho sus habitantes, sus cuadras, sus barrios, sus veredas y linderos. Tantos movimientos en las entrañas de la que fue considerada como la “fiesta popular más importante del país” empezó a manifestar riesgos, riesgos que a su vez afectan el valor. Si el valor se afecta, el patrimonio se arriesga, y por tanto se debe entrar a defender.

Se sumaron tanto riesgos de la manifestación que la UNESCO aprobó que el carnaval se defendiera para su conservación, así también lo había hecho el Estado colombiano, y los gobiernos locales y regionales.

Si primero se jugaba sólo por el día de la raza negra, más adelante se sumó el homenaje al día de blancos, hoy se suma un día para los jóvenes y las colonias. Hay una jornada para integrar a la cultura andina e indígena del territorio, y las zonas rurales se alcanzaron a reconocer en los desfiles de la familia Castañeda. Hoy, hasta se celebra con cuy y trucha.

Del talco perfumado se pasó por la cal, y la harina disfrazada. Los rostros se han pintado con betún hasta con elaborados cosméticos que han transitado desde el negro puro hasta una enriquecida gama de colores que destiñeron la esencia original del denominado juego de la pintica. Ya no hay serpentinas, y las reinas tampoco son las mismas.

En la televisión hablan de ferias de blancos, confunden la ubicación geográfica de Pasto, y la espuma de carnaval invadió un mercado propicio para todo tipo de celebración popular en el país. Particulares, privados y hasta el mismo estado han visto todo tipo de negocios posibles.

Toda la transformación visible e invisible obliga a generar cambios, adecuaciones, nuevas historias y cuidados especiales. Cuidar el patrimonio es la tarea. Lo que venga en adelante dependerá entonces, no sólo de los organismos responsables de su promoción, administración y direccionamiento. El patrimonio que significa estos diversos, complejos y particulares carnavales del sur, es un asunto de todos, de todas.

Juego, artistas, artesanos, músicos, teatreros, murgueros, jugadores, públicos, privados, turistas, invitados, ajenos, propios, los de aquí, los de allá; Ministerio, Gobernación, Alcaldías, concejales, concejalas, amigas, amigos, enemigos, extraños y lejanos, y los que escribimos notas sobre el carnaval, toditos, todos, tenemos que ver con el Carnaval de Negros y Blancos, con su protección como patrimonio de la humanidad.

Por Gustavo Montenegro Cardona

Relato desde LA OTRA SENDA – Ipiales, Nariño.