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Foto: seccionquinta.blogspot.com/

Cuando la paz vivía en Nariño.  (Ensayo sobre el conflicto interno armado en la región)

 Por: Mario Miguel Fajardo Chaves

Con beneplácito he aceptado la invitación hecha por mi amigo, el Docente Uriel Guevara Revelo, a su vez Director – Fundador de la revista Testimonio, a escribir dentro de la edición dedicada al sesquicentenario de la Fundación de la Municipalidad de Obando (Ipiales y su entorno inmediato), singular evento acaecido en el marco de la gran revolución institucional de estirpe liberal de 1863.

Teniendo en cuenta que esta edición va a estar acicateada por aspectos históricos, a iniciativa de los miembros de la revista se me insinuó abordar el tema relativo a las circunstancias de tiempo y modo de cómo arribó el conflicto interno armado Colombiano a la geografía nariñense, acontecimiento que a no dudarlo impactó de manera notoria el curso contemporáneo de nuestras comunidades sureñas.

Para empezar, debo aclarar dos aspectos pertinentes, así: Las narrativas, estudios y documentos sobre ésta temática son escasos y, seguidamente, que no hemos sido ni somos investigadores profesionales en este campo, mas sí cercanos a él en tanto que apasionados observadores de las diferentes dinámicas que lo originaron.  Una cosa más, el convite a escribir sobre este tema lo acepté para examinarlo desde la coyuntura actual, o sea desde el marco del actual proceso de diálogo entre el Gobierno del Dr. Santos y las FARC y el cual, precisamente, busca ponerle fin a un conflicto que destruye al país desde hace más de medio siglo y que, es bueno insinuarlo, dialécticamente, fue desfigurando, de modo diferenciado, las diferentes realidades regionales de la nación.  Amén, porque no se puede entender el origen y desarrollo del conflicto interno en Nariño si no se tienen en cuenta las circunstancias del contexto Nacional y aún Internacional, ya sobre el origen de la confrontación, ya desde sus perspectivas de solución definitiva.

La hipótesis que hemos venido agitando, como servidores públicos y ante todo como ciudadanos luchadores por la paz y la democracia, es como sigue: todas las generaciones colombianas, a partir de la República, han sido marcadas por la impronta de la confrontación.  La violencia está situada  como sombra permanente tanto en la formulación como en el desarrollo del conjunto de la sociedad colombiana.  Esto ha significado, entre otras cosas, que hayamos sido y seamos aún una sociedad que, para dirimir sus contradicciones históricas, ha utilizado muchísimo más el lenguaje de las armas antes que la lógica de la política. Un ligero repaso histórico nos permite hacer una aseveración como la descrita.

Durante el siglo XIX, inmediatamente después de la guerra de Independencia, la nación asistió a la formación de una sociedad y sobre todo de una arquitectura institucional generalmente en medio de la confrontación, situación ésta que fue generando el aplazamiento de la puesta en marcha de los derechos democráticos de los colombianos y de sus regiones.  “Hemos sido un país en guerra permanente. Después de los 14 años que duro la guerra de Independencia, en esa centuria se libraron 8 grandes guerras civiles, 14 guerras locales, 2 guerras internacionales, justamente con el Ecuador y 3 golpes de estado”. (1) Paralelo a eso, asistimos a la estructuración de 6 cartas políticas o textos constitucionales, por cuanto la lógica en la que se desenvolvió el país en esa hora histórica fue aquella de que, quien triunfaba en el campo militar terminaba imponiendo su proyecto político.  Esto planteó por natura una enorme inestabilidad institucional. Estas guerras fratricidas le dejaron al país como saldo funesto cientos de miles de muertos, numerosos lesionados, numerosas e ingentes pérdidas económicas como culturales; plataforma de los llamados “odios heredados”;  divorcio entre la política y la ética y lo que es más grave, la ausencia de un acuerdo fundamental para construir un Estado – Nación modernos.  A guisa de ejemplo tenemos que la llamada Guerra de los Mil Días, confrontación que precisamente finalizó por los lados del Sur del país, significó la muerte de más de cien mil compatriotas.

El siglo XX no fue diferente.  Tal vez más grave, si tenemos en cuenta la presencia de nuevos factores externos, que terminaron exacerbando el ambiente doméstico: la pérdida del canal de Panamá (1904) y la masacre de las Bananeras (1928), son elocuentes testimonios.  Ni que decir de lo acaecido durante las décadas del 40 y 50s, o sea la época de la gran violencia partidista, originada en la confrontación por el usufructo del poder entre las dos grandes expresiones políticas tradicionales,  amén del profundo como acumulado déficit de lo democrático, de donde lo más relevante resultan ser tres aspectos a saber: déficit del derecho a la tierra; déficit en el derecho al ejercicio político; y déficit en lo ético, o sea el inicio del flagelo de la corrupción, o también la “captura” de lo público por parte de grupos particulares.  El saldo trágico que deja la primera mitad de la nueva centuria no podía ser otro: 200.000 y más muertos,  grandes pérdidas materiales, rutinización de la corrupción y lo que es más grave, con el Frente Nacional  como formula (la paridad – y alternancia política) para superar la violencia, sobrevendrá el envalentonamiento de la lucha armada alrededor de las famosas repúblicas independientes, cuna del movimiento guerrillero ulterior.  Este entorno dio lugar a lo que  Gaitán denuncio oportunamente o sea la existencia de una enorme brecha que desde ya separaba “al país político con el país nacional”.  Estos eventos se dieron en el marco de un modelo de Estado signado por la exclusión, el monopolio, y que tuvo en la constitución de 1886 su mito fundacional.

Luego, durante la segunda mitad del siglo XX, irrumpe lo que se dio en llamar el conflicto interno armado, evento que, políticamente, se describe como aquel acontecimiento mediante el cual un grupo de ciudadanos y ciudadanas deciden organizarse política y militarmente para derrocar  el ordenamiento jurídico – político determinado y reemplazarlo por otro.  En nuestro caso, este evento toma cuerpo a partir de la década del 60 y con la aparición de las guerrillas, en un principio de las FARC y, luego, del EPL, el ELN, el M-19 y otros.  El escenario donde aflora semejante acontecimiento, excepción hecha de la zona del Catatumbo, siempre fue el Sur del país, vale decir, el Tolima, Huila, el Cauca, Meta y Caquetá, para luego, a través de diferentes dinámicas regarse por lo fundamental de la geografía nacional. Así tenemos como lugares o escenarios emblemáticos de esta coyuntura histórica a Riochiquito (cauca), el Pato (meta), el Guayabero (Caquetá) y la legendaria Marquetalia (Tolima), donde fundamentalmente toma cuerpo el frente sur, antecedente orgánico de las farc. A diferencia del ELN, que tuvo como cuna a Simacota, Santander  y  el EPL, que nace por los lados del departamento de Córdoba, a través de las famosas juntas patrióticas. Todos estos núcleos guerrilleros tienen en común que cuentan con  una base social integrada por campesinos marginados de los beneficios del poder, a diferencia de proyectos como el M-19, que en lo fundamental se construyen con militancia urbana.

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MARIO MIGUEL FAJARDO CHAVES

Abogado Egresado de la Universidad de Nariño – Especializado en Derecho Constitucional de la Universidad Nacional de Colombia y actualmente Director de la Oficina Departamental de Paz y Derechos Humanos.