futbol-conciencia-social

Por Manuel Ruiz Parra

Desde Brasil 2014

«Sueño cumplido!», decía la primera fotografía que publiqué en redes sociales tras haber llegado milagrosamente al estadio «Mané Garrincha» en Brasilia, para presenciar el partido entre Colombia y Costa de Marfil en el que los nuestros se jugaban su clasificación.

La vida sabe preparar los momentos y los concreta en el momento preciso. Por eso más allá de la emoción inmensa que sentía, no podía desprenderme de esa otra mirada frente al fútbol que por años forjé a punta de estudio y conciencia. Era el revés, el contra cara de un sueño hecho realidad, su blanco y negro, su luz y su sombra.

Mientras en la grama James y su banda hacían de la suyas, yo observaba todo sin descanso. La  primera impresión que tuve fue la de estar en un mundo perfecto, donde todos somos iguales, desprendidos de razas o clases sociales. Cada quien con su camiseta y su vaso de la bebida patrocinadora, exactamente iguales. La capacidad uniformadora de la FIFA no tiene límites y donde vayas todo es idéntico. Me sentía inmerso en un comercial del mundial donde el estándar es «number one».

Pero allí sentado en las gradas del «Mané Garrincha» sabía que no tiene sentido un estadio que  costó más de 900 millones de dólares para homenajear a un hombre-leyenda que murió en la inopia y sumido en el alcoholismo. Pensaba en Mané y sus gambetas y cómo le hubiera servido que alguien le tendiera una mano cuando la necesitaba. Seguro diría: -Yo lo que necesito no es un estadio con mi nombre en letras doradas. Yo lo que quiero es vivir-.

Y así comenzó el otro mundial. Ya en las calles era inevitable preguntarle a los brasileños qué pensaban sobre el mundial. Un ciudadano que me saludó en un parque me dijo que las cosas no andaban bien y que no era justo que mientras la gente tiene que pasar 4 o 5 horas esperando a que la atiendan en un hospital, el ingreso a un estadio no se demore ni 10 minutos.

Además son muchas las dudas respecto a la corrupción en torno a los dineros invertidos en los estadios. Y las inquietudes saltan a la vista. Para la remodelación del estadio Mineirao en Belo Horizonte se invirtieron cerca de 300 millones, mientras que para construir el Arena Pantanal en Cuiabá se invirtieron 234. Así las cosas, con la plata que supuestamente se gastó en el Mineirao, prácticamente se podía construir un nuevo estadio.

Por esas cosas aquí el descontento es generalizado y los brasileños le han dado una nueva lección al mundo pues aunque el fútbol es una de sus razones de ser, ellos no anteponen esa pasión a su conciencia social.

Por qué protestan los del país de la alegría, nos preguntábamos a la distancia. Protestan porque quieren más hospitales y escuelas en lugar de estadios. Protestan porque aún hay mucha gente durmiendo en la calle y reclaman una oportunidad. Protestan porque están convencidos que hay cosas más importantes que el fútbol en un país donde la equidad es uno de sus grandes retos.

Razones de más para concluir que cuando la FIFA hizo del fútbol el negocio más lucrativo, se perdió el sentido de las proporciones. Seguramente estarán convencidos de no volver en siglos a Suramérica porque este fútbol no es para subdesarrollados como bien lo podría expresar el «banquero» Blatter cuya pasión se mide en dólares no en goles ni mucho menos en conciencia social.