Carnaval

Pasto, espumas, harinas y cal de carnaval

Foto: Julián Bastidas Urresty

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     Por Julián Bastidas Urresty

Jugando en el carnaval algunos caballeros pastusos recorrían las calles principales de la ciudad, se detenían frente a un balcón engalanado de bellas mujeres y les lanzaban un cosmético fino y perfumado para que ellas mismas trazaran una “pintica” en sus sonrojadas mejillas; luego devolvían el cosmético a sus dueños. Las serpentinas volaban en las dos direcciones. Al paso del tiempo, este juego galante de antaño, se cambió con el uso de una masa negra, mezcla de grasa con carbón molido que se untaban en la cara unos a otros con extrema brutalidad y a veces con agresión sexual a las mujeres. El menjurje duraba varios días impregnado en la piel, difícil de eliminar, sobre todo del interior de las orejas. Esta práctica brusca desapareció sin que nadie lo prohibiera. También se extinguió el infame ataque con pistolas que lanzaban alcohol perfumado, llamado alhucema, directamente a los ojos de las personas.

También en tiempos lejanos, se usaba talco perfumado, importado de París, que se rociaba cariñosamente en las cabezas de las gentes a la voz de “viva el 6 de enero”. Hoy existen bárbaros que, a la voz de ¡viva Pasto carajo! Disparan, con “bazucas”, harina revuelta con cal, apuntando al rostro de la gente.

De más reciente uso es el juego con tarros que lanzan espuma, llamado “carioca”. No se puede negar la diversión y risa que causa ver a un personaje con la cara y el cuerpo cubiertos con espuma, como un abominable hombre de las nieves. Pero este producto, ya prohibido en varios carnavales, tiene efectos nocivos en el medio ambiente, puede irritar la piel y los ojos. Algunos disfrutan el juego, otros lo detestan. En Atuntaqui- Ecuador no se admite el uso harina, pero sí de espuma. ¿Acaso existe o se puede fabricar una espuma que no tenga efectos nocivos?

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¿Qué hacer entonces para que el carnaval sea una fiesta sin agresión, sin que cause problemas de salud y no contamine la atmósfera? En este sentido, la alcaldía de Pasto expidió un reciente decreto que “regula la venta, distribución, comercialización, uso y tenencia de productos de juegos y prohíbe el uso en carnaval de la carioca (espumas de carnaval), talcos industriales, cal y harinas como elemento o producto para el carnaval de Pasto”.

Sin embargo, este decreto que es sensato y bien intencionado, dividió en extremo la opinión ciudadana entre quienes lo aplauden y los que opinan que acaba con elementos tradicionales del carnaval, (argumento discutible, por cierto). Es normal que la gente se resista al cambio y quiera hacer siempre lo mismo. Combatir esa resistencia solo es posible a través de una campaña de sensibilización al público que debe ser planificada, gestionada y evaluada. Jóvenes y niños deben aprender a valorar el carnaval y a divertirse respetando a los demás. El decreto no fue el resultado de una construcción colectiva y por eso muchos se oponen a su aplicación. No se informó, con suficiente antelación, sobre las bondades de las decisiones tomadas para evitar juego belicoso, el uso de sustancias nocivas al medio ambiente y a la salud de las gentes.

En Ambato-Ecuador, donde se celebra el carnaval más famoso del país, son multados los comerciantes mayoristas de espuma. En Pasto las restricciones afectarían sensiblemente a muchas familias minoristas que ganan algún dinero en la venta. Las leyes siempre castigan a los pobres, dijo un amigo en el “wasap”. Sería grave que la policía use su natural fuerza bruta para decomisar los elementos del juego a los vendedores de la calle y a los que participan en el carnaval. Es posible que ocurran enfrentamientos; todo en contradicción con los buenos propósitos del decreto de la Alcaldía que quiere “garantizar la seguridad ciudadana, el orden público y la protección de los derechos y libertades públicas”.

No deja de causar hilaridad que, entre los elementos usados en el juego del carnaval, se autoriza el talco y prohíbe “la tenencia, venta, distribución y comercialización de harinas”. ¡Caramba!, dijo otro amigo en el “Wasap”, ¿cómo analizar, entre miles de jugadores, si usan talco perfumado o una harina de buen olor? En la calle, una humilde señora expresó: qué tal me quiten la harina que siempre compro para vender empanadas, arepas y buñuelos. ¡Menos mal que en el carnaval no juegan tirándose añejo! – agregó muy indignada.

¿Qué hacer entonces para lograr el consenso de toda la ciudadanía? Acaso, en nombre de la democracia, ¿se debe determinar zonas especiales de la ciudad donde la gente pueda jugar a su antojo, sin afectar a los demás ciudadanos?, así como hay zonas para fumadores y para no fumadores.

Sin embargo, el fondo del problema parece radicar en el estado de inmovilidad que sufren los espectadores en el transcurso de varios desfiles alegóricos pues deben permanecer casi estáticos, durante ocho o diez horas, durante varios días. Es una ironía pues el carnaval es la oportunidad de dar paso a la alegría, al juego, al movimiento del cuerpo. Por qué tantos y largos desfiles, a veces con motivos repetitivos. ¿No es posible hacer algunos cambios? Antes la gente salía por las calles, tenía tiempo para encontrar a sus amigos o vecinos, paseaba en toda la ciudad con gran alegría, no apretujado, horas enteras, en la llamada senda del carnaval; algunos encerrados entre barreras, en espacios de 80 centímetros, como en cercados para ganado. Solo unos pocos pueden pagar la comodidad de las graderías privadas. Un buen negocio, entre otros. Quizás por eso, al finalizar el último desfile, el 6 de enero, se inicia el juego brutal que da salida a instintos represados, oportunidad para atacar al transeúnte desprevenido, al que se le taponan los ojos y las vías respiratorias con sustancias nocivas, y cae al suelo sintiéndose el ser más indefenso y desgraciado del mundo. ¡Ah no le gustó!, ¿entonces pa´ que sale, porque no se quedó en la casa?, gritan los agresores.

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Hay alternativas para cambiar o innovar el juego y los desfiles alegóricos. Existen estrategias para culturizar la fiesta. Sin embargo, a pesar de que un gerente del carnaval dispone de un año para evaluar, pensar, crear, utilizar la imaginación para innovar, lo único que hace es repetir, año tras año, bien o mal, lo que han hecho sus antecesores. Presenta la misma película, con el final ya conocido por todos. Un gerente debiera hablar y concertar con la ciudadanía, propietaria por naturaleza del carnaval. Debiera buscar fórmulas para que los desfiles se dinamicen, para que la gente tenga tiempo de jugar. Qué bueno sería ver muchas comparsas con sus murgas, recorriendo calles y barrios, invitando al baile y al canto, al juego con decencia y con respeto. El carnaval es sin lugar a dudas el mejor tiempo y espacio para hacer campañas de juego amigable. Pero, a pesar de que la característica común en todos los carnavales del mundo es el período de permisividad y de cierto descontrol, lo único que se le ocurre al gerente es impedir, restringir, clasificar y privatizar. Hace todo lo contrario a la esencia de una fiesta carnavalesca.

Las ciudades y las sociedades cambian, la población aumenta; el carnaval también debe experimentar mutaciones y encontrar nuevos espacios lúdicos de expresión y de libertad. Hay que entender la lógica del juego en la cultura de la fiesta. Pero bueno…esto es harina de otro costal.

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