Historias

La talabartería, un oficio de antaño en las manos del artesano Omar Insuasty; esta es su historia

Foto: narino.info

Más que un oficio, la talabartería es un arte que constituye una de las fuentes productivas más valiosas en cuanto a la tradicional manipulación del cuero, que consiste en crear piezas de vestir y accesorios que decoren a un jinete y le den mayor comodidad a un equino; así lo describe, el maestro Omar Insuasty.

Nuestro artesano, es uno de los pocos talabarteros pastusos que aún existen en la ciudad y aunque esta labor no sea auténtica de la región, llegó a manos del maestro Omar hace 35 años. Nacido en el 1970 y siendo el mayor de tres hermanos, desde muy pequeño tuvo que aprender del oficio para colaborar con el resto de su crianza y apoyar en la medida de lo posible su familia.

Una vez conoció del oficio por medio de su amigo Libardo Maya, quien laboraba en aquel entonces ‘correa cruda’ y le propuso ser su oficial, el maestro Omar, propendió por terminar su quinto de primaria en la Escuela Municipal Enrique Jensen para poder dedicarse de tiempo completo al oficio que terminaría convirtiéndose en su profesión.

A los 15 años adoptó la talabartería como principal fuente de trabajo, decidió ser constante y poco a poco se fue encariñando con cada trazo, cada dibujo en repujado, cada detalle y toda la mística que la labor aflora. Luego conocería a los maestros talabarteros Marcos Mora y Miguel Aguirre, quienes se convirtieron en sus tutores y sembraron en él todo un legado, para convertirse en uno de los mejores representantes del oficio en la región. Posteriormente viajó a la ciudad de cali, en donde la talabartería es un trabajo más tradicional, para conocer de manos más artísticas como se debía realizar la costura a mano de las piezas en cuero para las sillas de montar a caballo.

Una vez pudo afianzar sus conocimientos y se dio cuenta que podía responsabilizarse de un buen taller, comenzó a dejar de lado el trabajo como ayudante para buscar su propia independencia, hasta que encontró la madurez laboral necesaria y decidió arriesgarse con todas las ganas, la experiencia y la actitud; que según él, es lo que en verdad se necesita para poder dejar de ser un empleado y convertirse en el dueño de su labor. Inicialmente optó por elegir el antiguo terminal de Pasto, en plena 19 con 19, pues los visitantes llegaban directo a su negocio y se podía reconocer mejor su local comercial. Años después y por razones de remodelación de aquel lugar, se trasladó hacia la intersección de la Avenida Boyacá con Américas, en donde ya cumple casi 14 años de reconocimiento en su comercio.

Se casó con la señora Alicia Villota, con quien tuvo tres hijos: Mario, Juan Pablo y Nathalia, que aunque ninguno de ellos retomó la experiencia de su padre en el arte de la talabartería, siempre han recopilado el mejor ejemplo en cuanto a valores y principios que se les haya podido inculcar desde la familia; así ellos, hayan adquirido su propia responsabilidad para formar sus vidas, de manera alguna dice el maestro “se les trató de dar un buen ejemplo”.

Hoy es uno de los escasos artesanos talabarteros de Pasto y a pesar de que su reconocimiento y comercio no sea uno de los que deja una vasta remuneración, es muy agradecido por el hecho de contar con su propio negocio y un oficio que le provee de las necesidades básicas para sobrellevar una vida sin tanto lujo, tranquila y ejemplar; por ahora, sólo desea continuar con el oficio que la vida le regaló y finalmente permanecer con esta fuente de trabajo que siempre se buscó.

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