Historias

Nicholas, la historia de un niño que al partir de este mundo salvó siete vidas

Foto: hpc.org.a

Esta es la emocionante historia de una pareja de esposos que cuentan cuán difícil fue tomar años atrás, la decisión de donar los órganos de su hijo para salvar otras vidas.

Transcurría el otoño del 2004, mi esposa Maggie, mi hijo Nicholas de 14 años y yo, recorríamos la isla de Sicilia en un auto que hace dos días habíamos alquilado; de repente, mientras caía la noche hicimos una parada, intentábamos hacer algunas compras, pero antes de bajarnos del auto, fuimos abordados por dos encapuchados que nos asaltaron y en medio de los forcejeos, no supe en que momento soltaron unos cuantos dispararos.

Para nuestra desgracia, uno de los disparos impactó en el cráneo de Nicholas e inmediatamente salimos para el hospital para que salven la vida de nuestro hijo; y después, cuando los médicos salieron del quirófano, con sus caras largas y con tristeza, nos informaron la gravedad de las heridas que causó el proyectil y que la vida de Nicholas aunque fue salvada, de cierta manera, él ya no volvería a estar con nosotros. No comprendíamos hasta que nos dijeron que nuestro hijo no tenía actividad cerebral.

Pasaron muchos días en el que veíamos a nuestro hijo conectado a máquinas y sin ningún indicio de vida, ni siquiera estaba en estado de coma, y el tiempo se acababa, su herida no sanó. Una noche Maggie, con lágrimas en sus ojos y con su espíritu reflexivo habitual me dijo: “¿No deberíamos donar sus órganos?”. No teníamos ni idea de cómo se desarrollarían las cosas, quiénes podrían salvarse ni cómo serían esas personas; sin embargo, nos dimos cuenta de que podíamos obtener algo bueno de lo que de otra forma solo hubiera sido un acto de violencia sin ningún sentido, y así decidimos donar los órganos y corneas de Nicholas para trasplante. Los recibieron en forma directa siete italianos en estado de gravedad, cuatro de ellos eran adolescentes.

El primero de ellos Andrew, que recibió el corazón de mi hijo, falleció el 7 de febrero de este año; tenía 37 años y llegamos a sentir tanto aprecio por él, que en el momento de su muerte sentimos que nuevamente Nicholas hubiera vuelto a morir, como afirman algunos médicos que les sucede a los familiares de donantes. Andrew vivía en Roma, permanentemente entraba y salía del hospital debido a sus problemas de corazón. Se había sometido a varias operaciones que no habían logrado ayudarlo, y al momento de la muerte de Nicholas, en 2004, él estaba recibiendo transfusiones de sangre dos veces por semana. Según su médico, Andrew estaba “luchando por sobrevivir”. Sus padres estaban desesperados, sabían que un trasplante era su única oportunidad.

En aquellos días, el índice de donaciones de órganos en Italia estaba entre los más bajos de toda Europa Occidental. Las oportunidades de que Andrew consiguiera un corazón nuevo a tiempo para salvar su vida eran prácticamente inexistentes. Tal vez el aspecto más desgarrador de estar en una lista de espera para trasplante es que los pacientes no pueden hacer absolutamente nada para ejercer presión cuando surge la disponibilidad de un órgano, si es que alguna vez sucede. Su futuro depende por completo de que una familia, a la que jamás han visto, decida voluntariamente hacer a un lado su propio dolor para ayudar a completos desconocidos.

Nunca imaginamos la importancia que tendría la noticia de nuestra decisión; corrió a toda velocidad y fue tal el impulso que despertó en Italia que, durante los diez años siguientes, los índices de donación de órganos allí se triplicaron, un aumento que no tuvo comparación con las cifras de ningún otro país. Como resultado, miles de personas que hoy están vivas podrían haber fallecido.

Algunos de los receptores de los órganos de Nicholas estaban muy cerca de perder la vida. El segundo de ellos era un paciente diabético que estaba ya casi ciego, no podía caminar sin ayuda y dependía completamente de otros. Luego de recibir las células pancreáticas de Nicholas, se mudó a un departamento propio por primera vez en su vida.

El tercer paciente fue una joven de 19 años que recibió el hígado de Nicholas. El día que él murió, ella estaba en coma. Recuperó la salud, se casó con su novio de la niñez un año más tarde, y al año siguiente tuvieron un pequeño al que llamaron Nicholas. Hoy es un joven alto sin rastros de la debilidad hepática que tanto había golpeado a su madre.

Andrew tardó más tiempo en sanar. Había estado enfermo por tanto tiempo que sus fuerzas ya estaban muy debilitadas y, mientras que los otros seis pronto retornaron a la vida normal, él regresaba muy lentamente. Pero cuando finalmente lo logró, fue de verdad: consiguió un trabajo, jugó fútbol y vivió como jamás había experimentado antes.

Y así fue hasta que un martes recibieron un correo electrónico. “Su corazón aún funcionaba”, informó el antiguo médico de Andrew, “pero sus pulmones desarrollaron fibrosis a causa de la toxicidad del tratamiento de quimioterapia que recibió tres años atrás, luego del diagnóstico de linfoma. La causa definitiva de muerte fue falla respiratoria”. Fue una noticia desmoralizante, como la pérdida de un joven sobrino que nadie nunca hubiera pensado que se iría antes que uno.

Por supuesto, no nos arrepentimos de la decisión que tomamos en aquel otoño. Cuando los medios italianos le preguntaron en aquel momento a Maggie qué sentía al pensar sobre el corazón de su hijo trasplantado en el pecho de otra persona, ella respondió: “Siempre quise que Nicholas viviera una larga vida. Lo que espero ahora es que sea su corazón el que viva por mucho tiempo”.

A los cuatro últimos receptores no los conocimos, puesto que residían en otras ciudades de Italia, pero si supimos por parte del hospital de Sicilia que gozan de buena salud; sin embargo, aunque el corazón de Nicholas haya durado 13 años más con nosotros, no nos sorprende que los seis pacientes restantes sigan disfrutando de sus vidas y lleven algo de nuestro hijo consigo mismos, porque Maggie y yo “siempre supimos que era de oro puro”.

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