Historias

“¡Descubrir la Colombia Profunda!” (Crónicas de la visita del Papa Francisco – 2a. Parte)

Foto tomada de: eltiempo.com

Esta es la segunda parte de una serie de crónicas por medio de las cuales el Teólogo Fernando Torres Millán nos centra en lo que ha sido la visita del Pontífice a Colombia.

“¡Ser capaces de descubrir la Colombia profunda!”

Por: Fernando Torres Millán 

Los escenarios de hoy en Bogotá dicen mucho en el segundo día de estadía del Papa Francisco en Colombia. Los escenarios del poder: la nunciatura, el palacio presidencial, la catedral, el palacio arzobispal en contraste con el escenario popular de la multitud en la plaza de Bolívar, en las calles y en el parque Simón Bolívar, ambos escenarios contrapuestos pero al mismo tiempo desafiados al acercamiento mediante el “puente” de la reconciliación.

El vínculo entre palacio y templo es antiquísimo como es antiquísima la humanidad. En el templo se legitima teológica y ritualmente el poder concentrado y simbolizado en el palacio. Ambos lugares espacialmente están muy próximos y políticamente muy unidos.

Formar sociedad no se hace sólo con los “pura sangre”.

Francisco transitó entre los dos lugares de poder sin problema. En cada lugar expresó lo que quería desde su perspectiva, que también es de poder, pero poder de “hacer puentes”, que es lo que significa la palabra “pontífice” en latín.

En la Casa de Nariño dijo que la patria sea casa para todos los colombianos, que el camino de la reconciliación pasa por la cultura del encuentro y que ésta debe centrarse en la dignidad humana y en el respeto del bien común, que la inequidad es la raíz de todos los males sociales, y pidió mirar a los excluidos, pues formar sociedad no se hace sólo con los “pura sangre”, llamó a la inclusión de los chicos como los que el día anterior le dieron la bienvenida en la nunciatura, mencionó a la mujer de refilón en la perspectiva de la inclusión resaltando su ser “madre” en múltiples tareas y concluyó afirmando que “Colombia necesita la participación de todos para abrirse al futuro con esperanza”.

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En la plaza de Bolívar, desde el balcón del palacio arzobispal, junto al cardenal Rubén Salazar, Francisco tuvo un hondo pero breve encuentro con la juventud, quienes desde las primeras horas del alba habían esperado un encuentro que tan sólo duró quince minutos. Lo interesante es que esta situación la tomó el Papa como su punto de partida para abrir el discurso, elogiando su esfuerzo y valentía. Saludó llamándolos “hermanas y hermanos” usando lenguaje inclusivo y les dijo que venía a aprender de su fe y de su fortaleza ante la adversidad, hizo referencia a Jesús como modelo de la inclusión, pues no excluyó a nadie y abrazó a todos, animándoles a seguir buscando la paz.

Se refirió de nuevo al lío juvenil tan necesario para avivar la alegría, advirtiendo de nuevo que no se la dejen robar, y que esa alegría tiene como principio el hecho que Dios les ama con predilección, por ello les invitó a no tener miedo al futuro, a atreverse a soñar a lo grande y a volar alto.

Seguidamente resaltó valores juveniles: sensibilidad para reconocer el sufrimiento de los otros y dejarse conmover por las necesidades de los más frágiles, especialmente del dolor de las víctimas de la guerra, interpelar a las generaciones adultas por acostumbrarse al dolor y al abandono, comprender las razones que hay detrás de los errores de las generaciones anteriores; la facilidad de encontrarse y de enseñar a los mayores esta cultura; la capacidad de perdonar y de no dejarse enredar en las historias de rencor y odio heredadas; enfrentan el desafío de ayudar a sanar el corazón y de contagiar a otros con su esperanza.

“Queremos un mundo en la que la vulnerabilidad sea reconocida como la esencia de lo humano” porque “todos somos vulnerables”.

Pidió moverse, arriesgarse, ir adelante y no tener miedo (segundo llamado), descubrir el país escondido detrás de las montañas, la Colombia profunda como potencial para construir la nación soñada. Les deseó que la violencia no los derrumbe y el mal no los venza, que salgan al encuentro con Jesús y se comprometan a renovar una sociedad justa, estable y fecunda, contribuyendo de esta manera a la reconciliación y a la paz, insistiendo una vez más, incluir a los enfermos, a los pobres, a los ancianos que están en su corazón.

Del balcón-plaza pasó a una amplia sala del palacio arzobispal donde se encontró con los obispos. El contraste fue mayúsculo. Mientras la plaza colorida hervía de gritos, danza, canto y movimiento juvenil la sala estaba oscura, llena de solo hombres mayores también oscuros y estáticos, cuyo telón de fondo, una inmensa pintura colonial igualmente oscura….!

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Después de un breve discurso del cardenal Rubén Salazar recordando la actual situación de polarización política del país, el Papa Francisco llamó a los obispos “custodios y sacramento del primer paso” haciendo referencia al lema de su visita a Colombia “Demos el primer paso”.

Dijo que Dios en Jesús dio el primer paso irreversible, salió de sí mismo mostrando un camino que los obispos deben seguir y cuidar, para ello “mendigar en la oración” pues allí está su fecundidad espiritual, vigilar y cuidar colegialmente para anunciar el evangelio de la alegría, pidió comunión y diálogo sin apestosas “agendas encubiertas” para que la iglesia ayude a construir un país que no se quede en manos de unos pocos, llamando la atención para preservar las raíces afroamericanas de Colombia, tocar la carne de Cristo en la historia del pueblo “libres de compromisos y servilismos”,  les pidió mirada de obispos hacia el primer paso de la reconciliación superando las desigualdades y la corrupción, les pidió coraje moral para seguir construyéndose de otra manera, perdonándose recíprocamente “haciendo otro camino”, animándoles para trabajar por iglesias de luces nuevas, les invitó a “hospedarse en la humildad de la gente” y a no tener miedo a migrar de las certezas, les recordó su misión como pastores en el ministerio de la reconciliación trabajando para poner en los corazones la paz de Dios a fin de derrotar los corazones autorreferidos, diciendo que Colombia tiene derecho a ser interpelada por el clamor de Dios: “¿dónde está tu hermano?”.

Les recordó que “una iglesia en misión” defiende la vida de los más débiles, promociona al laicado, abre espacio a los jóvenes  y les pidió serenidad y valentía para denunciar la seducción del narcotráfico en la sociedad. Les solicitó cuidar con corazón de padre a los sacerdotes, saber de sus vidas, nutrir su formación y sus raíces espirituales, no descuidar a las religiosas y religiosos, recordándoles que la vida religiosa no es “un recurso” sino el “grito del amor consagrado”. Les pidió atender los desafíos de la Amazonía aprendiendo de la sabiduría y la espiritualidad de los pueblos amazónicos solicitándoles ser “su otro brazo”.

“Que nadie quede al arbitrio de las tempestades”.

En el encuentro con los obispos del CELAM en la nunciatura les recordó que “la iglesia debe trabajar sin cansarse para construir puentes, abatir muros, integrar la diversidad, promover la cultura del encuentro y del diálogo, educar al perdón y a la reconciliación, al sentido de justicia, al rechazo de la violencia y al coraje de la paz”, iglesia capaz de ser sacramento de la esperanza y les recordó algunos de sus rostros ya visibles como el de los jóvenes y el de las mujeres.

Es la primera vez que se refería a las mujeres de manera explícita y extensa diciendo que en América Latina la iglesia tiene rostro femenino y que es un serio deber comprender, respetar, valorizar, promover la fuerza eclesial y social de cuanto realizan. Afirmó que “si queremos una nueva y vivaz etapa de la fe en este continente, no la obtendremos sin las mujeres. Por favor, no pueden ser reducidas a siervas de nuestro recalcitrante clericalismo; ellas son, en cambio, protagonistas en la Iglesia latinoamericana”. Llama la atención tales afirmaciones sin referirse para nada a la estructura patriarcal del catolicismo que impide y obstaculiza la realización de tan loables deseos.

Vino el escenario de la primera misa en Colombia con más de un millón de personas reunidas en el tradicional parque Simón Bolívar desde muy tempranas horas de la madrugada. Fue recibido por un grupo de niñas y niños especiales de los Hogares Luz y Vida, quienes, después de recibir abrazos del Papa,  tomaron sus manos y lo condujeron a la sacristía, en tanto un grupo de cantaoras del Pacífico entonaban alabaos de bienvenida.

Tanto los trajes litúrgicos como el telón de fondo del altar lucían sobrios y bellos diseños indígenas, así mismo las molas kunas que adornaban las estolas de todos los músicos de la Orquesta Sinfónica de Bogotá. Es de resaltar la magnífica intervención de la cantante barranquillera Maía quien interpretó el Salmo 97, dejándolo grabado en los corazones de sus oyentes conmovidos.

El Papa Francisco tomó el Evangelio de Lucas 5, 1-7 para hacer la homilía. Se refirió al país como la multitud del evangelio anhelante de una palabra de vida, y a las tinieblas amenazantes como las injusticias, la inequidad social, la corrupción de los intereses personales y grupales, el irrespeto por la vida, la sed de venganza y odio, la insensibilidad ante el dolor de las víctimas.

“Si queremos una nueva y vivaz etapa de la fe en este continente, no la obtendremos sin las mujeres”.

Llamó luego a “remar mar adentro” sin miedo ni egoísmo, a “echar las redes” de la responsabilidad, de la unidad, de la defensa y cuidado de la vida humana, de formar comunidades vivas, justas y fraternas capaces de celebrar y acoger la palabra de Dios y hacer el camino discipular que Jesús propone en ella. Llamó a “hacerse señas” unos a otros como compañeros de camino, “que nadie quede al arbitrio de las tempestades”, que fortalezcan la familia, el bien común, cargar a los más frágiles y que todos puedan juntarse en la barca. Mientras transcurría la segunda parte de la misa un atardecer bogotano cubría con su manto multicolor a la multitud regocijada.

En la noche, de nuevo la nunciatura acoge un singular encuentro con organizaciones que trabajan con la vulnerabilidad humana quienes lo saludaron con bailes y cantos. Después de agradecerles dialogó con una de las niñas con síndrome de Down quien leyó: “Queremos un mundo en la que la vulnerabilidad sea reconocida como la esencia de lo humano” porque “todos somos vulnerables”. Luego el Papa explicó: “Todos necesitamos que la vulnerabilidad sea respetada, acariciada, curada en la medida de lo posible y que dé fruto para los demás”. Preguntó ¿Quién es la única persona que no es vulnerable? ‘Dios’. “Todos necesitamos ser sostenidos por Dios, por eso no se puede descartar a nadie”. Diciendo esto se despidió, solicitó “por favor recen por mí porque yo también soy muy vulnerable” y entró a su casa a descansar.

Fernando Torres Millán

KairEd

Bogotá (Colombia), 7-09-2017

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