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Las lavanderas del Obrero: ¿un oficio invisible por tradición o casualidad?

Los puños y el cuello es lo que hay que restregar, sino no queda bien lavado

Culturas, pueblos y comunidades han mantenido relaciones diversas con el agua. Tanto en la tradición como en el mundo moderno, muchas personas han trabajado con el agua. Este es el caso del oficio de las lavanderas, que antes de que llegara la máquina de lavar, era gracias a ellas que podíamos presentarnos con ropa limpia en distintos lugares de la vida social.

Lavanderas por tradición o casualidad

Las historias de cómo llegaron a ser lavanderas son diversas, algunas aseguran que fue por casualidad, otras que lo heredaron por tradición de sus madres. “La primera vez que vine aquí tenía nueve años, ahora tengo 55”, afirma doña Miriam Victoria Rosero.

En las pocetas del sindicato de lavanderas, cada una de las mujeres tiene una poceta en la cual recoleta con paciencia el agua para restregar y enjuagar la ropa. Sin duda, este lugar tiene un profundo significado de vida y convivencia en el cual se encuentran para olvidar las penas mientras lavan y escuchan buena música en un radio que tienen amarrado a uno de los pilares de la casa.

La ropa se tiende al sol y al viento para que se seque, en un rito que se repite día a día donde mujer y agua se compenetran en una labor milenaria.

“¿Esto es todo para mí porque si no hay estos lavaderos, de qué vivo? Nosotros no tenemos una casita propia donde no tengamos que pagar el arriendo”, dice Miriam Victoria Rosero.

La ropa se tiende al sol y al viento para que se seque, en un rito que se repite día a día donde mujer y agua se compenetran en una labor milenaria.

Desde muy niñas tuvieron que empezar a lavar su ropa y la de su familia y poco a poco se convirtió en su fuente de trabajo con el cual llevan entre 30 y 40 años. A pesar de que la máquina lavadora se popularizó en muchos hogares, todavía hay personas que prefieren contratar los servicios de una lavandera, pues piensan que la ropa queda mejor lavada.

Con el paso del tiempo, muchas de ellas son víctimas de los años y ahora tienen problemas de salud en la columna, hombros, brazos y manos. Algo que el paso inexorable del tiempo va cobrando injustamente a quienes, humildemente, han prestados sus servicios a muchos ciudadanos.

Las Lavanderas del Barrio Obrero en San Juan de Pasto son un grupo de mujeres que, diariamente, se encuentran en los lavaderos de ropa del sindicato para contarse sus penas y alegrías, para reír o llorar, pero sobre todo para hacer un trabajo digno, olvidado y no muy bien remunerado.

En su mayoría son adultas mayores que desde muy temprano llegan hasta los lavaderos del Sindicato cargado a sus espaldas grandes costales, sacas o morrales repletos de ropa. Sus manos resecas por el efecto del jabón, son la marca de un oficio invisible, como muchos otros.

Estas artistas de la ropa limpia, han aprendido la perfecta combinación del agua y el jabón, y en silencio llegan cada día con la ilusión de encontrar una poceta llena de agua para poder lavar y secar las prendas de sus clientes.

Sus manos tienen un brillo especial, aquel curtido por el jabón y el contacto permanente con el agua, son siempre limpias; aunque el frio implacable del agua va minimizando sus esfuerzos dejando huellas dolorosas, como preludio a la enfermedad.

Son mujeres humildes y orgullosas de ser lavanderas, de trabajar de manera honrada para el sustento familiar. Saben que su vocación de servicio a los demás es una misión propia de su oficio. El agua más que un recurso, es el principal testigo de sus vidas, sin ella su oficio se acabaría.

 “Que se vaya la luz y no el agua”

Sin duda alguna, las lavanderas del Barrio Obrero son testigos de cómo el agua está escaseando, pues como bien dicen, ahora sólo tiene un ‘hilito de agua’ que les obliga a ser pacientes para recolectar o llenar sus pocetas que les toma entre 12 o más horas. Ellas son muy conscientes de lo que significa el agua para la vida y por ello tratan de ahorrar y aprovecharla al máximo.

‘Cuando era niña y vivía en San Andrés, venía a bañarme aquí y había unos chorronones grandísimos con ‘tapones’, teníamos que taparlos a dos manos’, recuerda doña Olga Rojas López, y agrega, ahora sólo corre un ‘hilito de agua’.

En esta realidad de escasez, las lavanderas insisten en que es una obligación cuidar el agua. “Que se vaya la luz y no el agua”, asevera doña Olga. Mientras que María Beatriz Díaz insiste en que así sea poco tienen que cuidarla. Es tal vez un indicio de un mal mayor que nos advierte sobre las consecuencias del deterioro del planeta y de un futuro incierto si no cuidamos el agua.

“Nosotras aquí, estamos al cuido del agua. No porque lavamos ropa la vamos a derrochar como locas. Porque después de nosotros, nuestros nietecitos, nosotros ya vamos terminando, ¿pero ellos?”, reflexiona doña Miriam Victoria Rosero.

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