Voces ciudadanas

El que peca y reza empata

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Por: Juan Pablo Villota Villarreal

Hace algún tiempo un amante del fútbol y de las letras como el uruguayo Eduardo Galeano afirmaba en su libro “Futbol a sol y asombra” que rara vez el hincha dice: “Hoy juega mi club”. Más bien dice: “Hoy jugamos nosotros”. Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.

Si me atengo a su frase, hoy debo decir que así como me gusta el fútbol, hoy no sólo juega mi equipo favorito sino que hoy como hincha del Santa Fe hago parte de aquellos que nos sentimos avergonzados con las últimas noticias que precisamente no vienen de la cancha.

En el fútbol se gana, se pierde o se empata, no hay otro resultado posible.  Se lo hace con pundonor, vergüenza, por uno de los azares que tiene el balompié o lastimosamente por manipulaciones no tan externas como quisiéramos en este deporte.

Pero fuera de la cancha pareciera que lo más común es afirmar que quien peca y reza empata. Y si peca fuera de la cancha se le perdona porque es fútbol y porque en 90 minutos y con un soberbio golazo todo se perdona u olvida.

En la semana que pasó, una investigación publicada por El Espectador daba cuenta del abuso del que fue víctima una trabajadora sexual por al menos seis jugadores en una “fiesta” organizada por el club capitalino para “celebrar” el campeonato de la superliga 2017.

No voy a entrar en detalles de tan lamentable suceso, pero si voy a recalcar la forma como ni las directivas del club, ni muchos de los que nos consideramos seguidores del equipo ni una gran parte de la sociedad ha salido a mostrar su indignación por tan aberrante hecho.

Declaraciones extemporáneas y tibias por parte de la directivas; culpabilizar en las redes sociales a la mujer víctima del abuso o considera más importante el traspaso de James al Bayern Munich no solo ocultan la gravedad del asunto sino que en cierta medida lo normalizan en medio de una sociedad que no solo maneja una doble moral sino una variedad de “morales personales” de acuerdo a  las circunstancias que le cobijen.

Claro que nuestra sociedad parece estar tan aletargada que tampoco le hizo mucha mella temas tan graves como la captura del fiscal anticorrupción, el anuncio que Odebrecht si introdujo dineros en la campaña de Santos o la dejación de armas por parte de las FARC.

¿Será que nos estamos dejando llevar por una moderna versión del “pan y circo romanos”?

Sin el mayor sonrojo,  a pesar de ser un nariñense de pura cepa y con mucho honor, me considero hincha de un equipo como el Santa Fe, al cual no lo vi campeón sino a mis 41 años de vida, 37 años y medio después de su última estrella.  Como lo he dicho, esto no tiene que ver con pseudoregionalismos sino con hondonadas  que calan en nuestro corazón.

Ese día que el Santa Fe volvió a coronarse campeón casi cuatro décadas después, lloré de la alegría junto a mi hijo mayor, aunque nos invadía un extraño sin sabor.  Habíamos sido campeones derrotando al equipo de la propia tierra.  Esas son las cosas extrañas y maravillosas del fútbol que un día nos da y otra nos quita y viceversa.

Hoy con las noticias que no vienen de las canchas y de 90 minutos de juego, sino del cuarto en uno de los hoteles más costosos de Bogotá y de no se cuántos minutos de afrenta a una mujer que por todos los azares de la vida ejerce una de las profesiones más invisibles pero más antiguas de la humanidad como lo es la prostitución, pero lo que importa como hecho único y primordial es que es una mujer.

No se qué decirle ahora a mis hijos, dónde queda el límite que separa la cancha de la vida privada de cada jugador ni de cómo aquellos que enfundados en una casaca, cortos y guayos pueden pasar de ser héroes a villanos.  O si la vida se compone de esos claro oscuros que nos circundan en una especie colectiva de ser el Doctor Jekyll y Mister Hyde  a la vez.

El caso de abuso ocurrido por parte de los jugadores del Santa Fe muestra un mundo oculto y turbio que hace rato viene dominando y empañando lo que es para muchos el mejor y más simple de los juegos.  Solo se requieren dos piedras, un pequeño espacio y por lo menos dos cómplices para disfrutar de la delicia de patear un balón y gritar gol frente a una grandiosa e invisible hinchada.

Lastimosamente no es el primer caso y probablemente no será el último que suceda en el mundo del fútbol.  Lo que si puede ser es que cada caso del cual se tenga conocimiento sea censurado con la mayor fuerza por parte de toda una sociedad para que la vergüenza que ahora sentimos muchos hinchas la sientan todos, directivos, jugadores, periodistas y toda la gente que disfruta y vive del fútbol. Y sobre todo para que no se repitan.

Nuestros hijos pueden tener como héroes y heroínas a Superman, el Hombre Araña o la Mujer Maravilla pero los verdaderos héroes son esos de carne y hueso, que sin que hayan querido serlo se convierten en referentes sociales para ellos y ellas.  Esos “héroes” que con orgullo reposan en la pared del cuarto de mi hijo menor pero que tres de ellos son acusados del abuso.

Seguramente ellos, los futbolistas, en su mayoría soñaron con llegar a una cancha para jugar el partido de su vida, ese que les permite salir de la exclusión social que les rodea, que les hace soñar con un futuro mejor para ellos y sus familias, pero nunca se han preparado, o la comunidad del fútbol ha ayudado, para ser ídolos, héroes, referentes sociales.  Ni se lo imaginaban o no lo querrán ser.

Pero el mundo del fútbol es un fenómeno social y como tal este se convierte en referente.

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El Santa Fe debe decidir si prefiere ser el club vencedor de los últimos tiempos pero que voltea la cara y se lava las manos ante tan escabrosos hechos; o si por el contrario los asume con gallardía, los sanciona y se convierte en referente para cerrarle las puertas a la violencia contra las mujeres.

Al Santa Fe no lo hace ni lo debe hacer especial los títulos, que son mucho menos que los que tienen otros equipos, ni el dinero que pueda tener o recaudar, bastante menos que el de otros clubes.  Lo especial lo hace su hinchada y la diferencia que puede en este momento marcar frente a los vergonzantes sucesos.

Nada justifica los hechos y menos recurrir a lugares comunes que nos llevan a decir: “era una prostituta”, “ella se lo buscó”, “ella quiso”.  ¡No más justificaciones nefastas!  Nada ni nadie puede justificar hechos de violencia, menos contra las mujeres y mucho menos si ellas son vulnerables como lo es el caso de las trabajadoras sexuales.  O ¿aún piensan que ellas siguen siendo mujeres de la vida alegre?

Nada más triste y doloroso que vender hasta lo más íntimo de la vida para vivir en este sistema que excluye, mata y luego sanciona con el dedo acusador.

“Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria, qué goleada les hicimos qué paliza les dimos, o llora su derrota…” indica Galeano.

Pero este partido, el de la existencia donde están en juego nuestros más profundos valores que nos debe llevar a recomponer nuestra sociedad no termina, y hoy es una derrota para quienes amamos la vida y el fútbol.  Así en el día de ayer le hayamos ganado a nuestro rival de patio en el clásico, no sabe a victoria si afuera existe un descalabro social.

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