Voces ciudadanas

La barbarie urbanística y ambiental en la salida al Norte de la ciudad de Pasto

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Por Pablo Emilio Obando A.  /  peobando@gmail.com

En la salida al Norte de la ciudad de Pasto, junto a uno de los sectores más tradicionales y emblemáticos   como lo es el Morasurco, se encuentra el barrio Nuevo Amanecer, conformado por más de sesenta familias, un polideportivo en ruinas y unas vías de acceso casi que intransitables. Sus casas parecen de cartón, regadas entre una ladera que amenaza con venírseles encima.

Los niños juegan con pelotas rotas mientras sus madres tratan de obtener agua de unas mangueras que se comparten entre algunos vecinos que deben hacerlo por cuanto Empopasto, según su voz triste y entrecortada, les negó la matricula. No cuentan con centro de salud alguno, no existen instituciones educativas, jardines infantiles o centros de recreación, sus calles son polvo y barro que baja de las laderas.  De Nuevo Amanecer únicamente tiene el nombre pues todo indica que en este barrio se vive una noche perpetua y sempiterna.

Sus orígenes, nos cuentan sus vecinos, inician hace aproximadamente diez años cuando un político de la región les prometió proyectos de vivienda y, al no concretarse, lo más cercano a ellas fue un pedazo de ladera en la salida a Pasto.  Una a una fueron llegando las familias que movidas e impulsadas por este político, le fueron descuajando pedazos a la montaña para levantar su rancho a pesar de la inexistencia de agua o energía eléctrica.  Poco a poco los vecinos entendieron que únicamente en sus manos se encontraba el futuro de sus familias y en mingas levantaron calles y paredes, mientras la ladera ofrecía generosa y tímida sus brazos huérfanos de árboles, vegetación y pequeños animales.  A sus habitantes no les quedó otra alternativa que descuajar y herir la montaña para montar sus ranchos, que fueron creciendo ante la mirada impávida y cómplice de las autoridades locales.

Desde el sector de Juanoy, concretamente en el sector de Chapultepec, mirando hacia la derecha puede observarse la montaña herida, extirpada y despojada de árboles y vegetación, una llaga que crece imperceptiblemente para su gente y los distintos gobernantes de turno.  Lo que era un rasguño en las alturas se convirtió casi que en una estocada mortal para un ecosistema que sobrevivió por muchos años en las proximidades de Pasto. Hoy, es triste y lamentable decirlo, esa herida se riega por la tierra mientras más población llega en su intento de levantar una casa o por lo menos fingir un rancho.




Pero, la sorpresa mayúscula la encontramos cuando a escasos cinco o diez metros de esta barbarie urbanística y ambiental, descubrimos una nueva y gran magulladura de la montaña precedida por una pancarta que anunciaba la próxima construcción de una urbanización estrato cinco o seis.  Grandes trozos de montaña se habían abierto por maquinaria que no discriminó entre árboles, animales o vegetación.  Desde Chapultepec se puede mirar esa gran herida que avanza como cáncer sobre la montaña que alguna vez albergó gran cantidad de fauna y proporcionó abrigo a especies nativas y arbustos que hacían del verde una conjugación de colores y sentimientos.

Para nuestras autoridades nada pasa, se conceden permisos sin comprender que la Tierra es sagrada, que árboles y vegetación cumplen un papel primordial en la vida y que construir en laderas o montañas es un atentado contra la integridad física de las personas: hombres, mujeres y niños que por esas desgracias de la vida no encuentran otra alternativa residencial.  Pero es, justamente, en el papel de nuestros gobernantes y entidades donde reposa la responsabilidad de estos exabruptos ambientales y urbanísticos. Cómo es posible que se autorice de una forma inmisericorde descuajar las montañas desplazando a especies y vegetación para intentar brindar soluciones de vivienda.

La vivienda, como la vida misma, debe tener unos mínimos requisitos de dignidad. Y preservar la vida debe ser una prioridad para nuestras autoridades locales, lo mismo que para las entidades que deben velar por ella.  Duele realmente contemplar estas escenas, observar como en nuestras laderas y montañas anidan y crecen los cinturones de miseria.  Los habitantes de Nuevo Amanecer merecen mejor suerte, una mejor mirada de nuestros gobernantes, se debe llegar a ellos con verdaderos programas sociales, con salud, con educación, con cultura, con vías, con agua,  con generosidad.

No quisiéramos ser pregoneros de futuras tragedias, que luego se achacarán a Dios o a la furia de la naturaleza; lo cierto es que quien sustrae de las montañas sus árboles, sus especies y  su vegetación, tarde o temprano deberá pagar la insensatez de sus actos, mirar a sus hijos sepultados por la misma tierra que usurpó y llorar en soledad la tragedia que con sus propias manos construyó.

Esperamos el pronunciamiento de nuestras autoridades y la presencia de ambientalistas en este sector para valorar los daños hechos hasta el momento y detener de una buena vez esta barbarie que  nos indigna como ciudadanos.  Tiene la palabra el Concejo Municipal, la alcaldía, Corponariño y demás entidades de orden municipal.  Que este Nuevo Amanecer en realidad ilumine el camino que nos permita el respeto por la vida, la naturaleza y las distintas y variadas especies que ante el silencio generalizado van desapareciendo quedando tan sólo el clamor de unos pocos y la desesperanza de muchos.

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