Historias

La triste y dura infancia que tuvo que vivir Juan Guillermo Cuadrado

Cuando tenía 4 años vio morir a su papá. El futbolista vivió en medio de la cruel y violenta guerra del conflicto armado en el Urabá.

La historia de Cuadrado es como la de muchos niños que han tenido que padecer las consecuencias de la violencia del conflicto armado en Colombia. Así, cada vez que en su barrio Necoclí escuchaba un disparo corría de inmediato y se metía debajo de su cama.

“En 1992 el Urabá Antioqueño era un polvorín disputado por la guerrilla de las Farc y los Grupos de Autodefensa, muchos de ellos pagados por bananeras extranjeras. Los sindicatos y los trabajadores eran los objetivos principales de esos escuadrones de la muerte. Un día de junio el pequeño volvió a escuchar el zumbido de las balas. Corrió hasta la cama, se metió debajo y esperó. El llanto de su madre, Marcela Bello, lo hizo salir del escondite. Caminó hasta la puerta y entonces vio a Guillermo Cuadrado tendido en el piso. A su alrededor las cajas de gaseosas que el repartía en un camión de Hipinto, se regaban en el suelo polvoriento confundiéndose con la sangre. Juan Guillermo tenía sólo cuatro años” registra las2orillas.

Luego de la trágica muerte de su padre, su madre Marcela hizo todo el sacrificio que pudo para que el pequeño Juan Guillermo Cuadrado se encaminará en el fútbol “Desde que era un bebé Juan Guillermo le pegaba a todo: a las piedras del camino, a las plantas, a los otros niños y, sobre todo, a un balón. Aprendió a caminar solo para emprender la carrera que lo llevaba a patear la pelota. Era un don que había que pulir”, explica las2orillas.

Así, doña Marcela lo inscribió en la escuela de fútbol Mingo de Necoclí pues los exjugadores y entrenadores del pueblo alguraban que con una debida preparación el pequeño sería un prodigio en el fútbol.

La mensualidad en la escuela de fútbol era de ocho mil pesos, para ello, doña Marcela tuvo que dedicarse al duro trabajo de lavar y empacar bananos en Apartadó. Un oficio que en la mayoría de las veces, le dejan las manos como dos yagas, llenas de sangre, ampollas y dolor.

“Pero el camino no fue fácil y es allí donde Marcela fue fundamental en el rotundo éxito que hoy tiene Juan Guillermo. Pensaría alguien que se necesita estar muy loco para dejar ir a un hijo de la casa, con tan sólo 11 años por estar pendiente de un balón. Sin embargo, ese fue el primer bastión de apoyo y confianza que necesitó el volante colombiano para luchar por sus sueños”, dice Ireport

“En Necoclí Juan Guillermo quedó con sus tíos y los fines de semana recibía con los brazos abiertos a su mamá. María Bello estaba sola pero era berraca. Nada la amilanaba. Los fines de semana que pasaba en Necoclí los usaba para terminar el bachillerato en la nocturna. Con la camisa llena de tierra y cansado de tanto hacer goles, el pequeño Juan Guillermo acompañaba a su mamá a la clase quedándose dormido en una improvisada cama que armaba con tres pupitres. Los compañeros de clase de la mamá velaban el sueño del niño”, asevera las2orillas.

“Si él rendía académicamente, podía ir a entrenar, de lo contrario no, así que por eso Juan Guillermo nunca descuidó el estudio. Ni siquiera cuando se fue a vivir solo a Cali a la edad de 12 años”, registra El Espectador.

Cuando Juan  Guillermo cumplió 13 años, era sin duda, toda una promesa para el fútbol, sin embargo, apenas medía un metro treinta, que se convirtió en un problema. Por entonces jugaba en Mancheser City de Apartadó a donde llegaron emisarios del River Plate de Argentina.

“Era tan inquieto, tan cansón, que le pegaba a todo. Un día, por cansón, se rompió los tendones de Aquiles. Una lesión grave. Ahí se dio cuenta que sus piernas ya no le pertenecían, que, si quería ser un jugador profesional, sacar de la pobreza a su familia a punta de goles, de gambetas, tenía que ser responsable. Se recuperó y fue el mejor”, afirma las2orillas.

Sin embargo, pese a su problema de estatura, cuando tenía 15 años, El ex futbolista Nelson Gallego se lo llevó al Deportivo Independiente Medellín. “Le dieron hormonas y aunque seguía siendo flaco creció y se volvió un niño normal. Le bastaron dos temporadas para ser uno de los mejores laterales del país”

Finalmente, “A los 22 años ya jugaba en Italia y le pagaban lo suficiente como para llevarse a Marcela Bello a Udine, su primer hogar en Europa. Marcela nunca jamás volvió a trabajar y Juan Guillermo vela para que nada le falte, para que viva como una reina. Es su forma de decirle que la ama, que le agradece el haberlo sacado adelante después de que esas balas perdidas de un tiroteo le hubieran quitado a su padre, el hombre que le enseñó a correr y a esconderse si quería salvar su vida. El hombre que le enseñó a patear balones de fútbol”, concluye las2orillas

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