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Simón Bolívar ordena sacrificar a pastusos sobre los abismos del Guaitara

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Por Enrique Herrera Enríquez

Como se registró en su oportunidad, luego de la masacre que efectuaran en Pasto las tropas del venezolano Antonio José de Sucre contra la población civil, por órdenes expresas del General Simón Bolívar, aquel nefasto 24 de diciembre de 1822, el cual se conoce o identifica como “la macabra navidad negra de Pasto”, el General Bolívar ingresa a la ciudad destruida y nada lo conmueve, por el contrario procede a dictar drásticas medidas contra la población que se conocerán de acuerdo con los planteamientos que hicieron los propios protagonistas de aquella hecatombe como vamos a registrar a continuación, para conocer y analizar los criminales acontecimientos en contra de Pasto y su gente.

El 14 de enero de 1823, Bolívar sale de Pasto con dirección a Quito, después de permanecer doce días en esta ciudad, no sin antes dejar drásticas y secretas medidas al general venezolano Bartolomé Salom, a quien encarga militarmente del gobierno de la región y de cuyo mandato dice de manera clara y específica el general O’Leary, secretario privado y hombre de confianza de Simón Bolívar: “Salom cumplió su cometido de una manera que le honra tan poco a él como al gobierno, aun tratándose de hombres que desconocían las más triviales reglan del honor. Fingiendo compasión por la suerte de los vencidos pastusos, pu¬blicó un bando convocándolos a reunirse en la plaza pública de la ciudad, a jurar fidelidad a la Constitución y a recibir seguridades y protección del gobierno, en lo sucesivo. El buen nombre de Salom y la reputación que se había granjeado inspiraron confianza a aquellos habitantes y centenares de ellos, en obediencia al llamamiento, o tal vez por temor de mayor castigo, acudieron al lugar señalado, en donde se les leyó la ley en que estaban consignados los deberes del magistrado y los derechos del ciudadano. Según ella, la propiedad y personas, tenían amplias garantías y la responsabilidad de los magistra¬dos se hallaba claramente definida. Leyóse la ley, como ya dije, Afirma O´Leary, en presencia de todos los concurrentes, y como prueba de buena fe del gobierno, se repartieron sendas cédulas de garantía. Pero violando lo pactado, situó en la plaza un piquete de soldados que redujo a prisión cerca de mil pastusos, que en seguida fueron enviados a Quito. Muchos de estos perecieron en el tránsito, resistiendo a probar alimentos y protestando en términos inequívocos su odio a las leyes y al nombre de Colombia. Muchos al llegar a Guayaquil pusieron fin a su existencia, arrojándose al río; otros se amotinaron en las embarcaciones en que se les conducía al Perú y sufrieron la pena capital, impuesta por la ordenanza en castigo de su insubordinación”.

Daniel O´Leary, secretario privado de Bolívar, ha hecho referencia de manera muy general a los acontecimientos del 20 de enero de 1823, llamado el “día de la jura”, fecha en la cual de manera engañosa se convocó a la población de Pasto bajo el pretexto de jurar la nueva constitución, cuando la verdad era reclutar la gente joven para de manera obligante enviarla a pelear al Perú.

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El drama de la gente de Pasto, como consecuencia de los macabros actos criminales de la tropa al mando de Sucre en aquel entonces, se refleja en una nueva carta que suscribe Bolívar a Santander el 30 de enero de 1823, donde le dice: “El famoso Pasto, que suponíamos tan abundante de medios, no tenía nada que valiera un comino; ya está aniquilado sin mucho empeño” Con esa clase de disposiciones tan drásticas, macabras, criminales y absurdas, qué economía podía resistir, cuando sus gentes fueron perseguidas, aniquiladas y los campos devastados”.

De las mujeres pastusas que sufrieron el destierro, siendo sacadas de su hogar nativo para ser confinadas en un principio en la ciudad del Piura en el Perú, la historia registra el nombre de cinco de ellas que por circunstancia de diversa índole se quedaron en Cuenca, Ecuador, y son: María Mercedes Bravo, María Catali¬na Aux. Antonia Romero, Asencia Rosero y María Zambrano. Ellas formaron hogares con personalidades de dicha región inculcando en sus hijos el amor al terruño lejano, a su amado Pasto que recordaban con dolor y nostalgia ante el exilio obligado a que fueran sometidas dejando hogar, familia y amigos, muchos de los cuales murieron defendiendo su ciudad o también marcharon a otros lares para evitar su exterminio.

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Sergio Elías Ortiz refiere un hecho que no está por demás conozcamos en este tránsito por los caminos de la historia respecto a la canción popular de la Guaneña, cuando habla de que “Más de mil hombres, en capacidad de llevar las armas, cayeron en la redada tendida traidoramente por Salom. Lo mejor de la juventud de la ciudad. A los pocos días de esto se cogieron también a más de doscientos indígenas de las aldeas de los alrededores, muchos de ellos padres de familia y de los cuales solo regresó uno a su nativa ciudad, el indio Manuel Tutistar, el cual refería que fueron agregados a la división del brillante General José María Córdoba en la batalla de Ayacucho, que los trataba bien y como ellos habían podido hacerse allá a algunos instrumentos musicales, les ordenó en el momento de entrar en combate, a la inmortal voz de mando ‘¡Paso de Vencedores!’, que tocaran La Guaneña, el himno de guerra de Pasto, que le gustaba porque ponía fuego en el alma y mitin en los corazones para cargar sobre el enemigo”.

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El General republicano Manuel Antonio López, protagonista de los acontecimientos en referencia dice al respecto: “De los prisioneros que se le hicieron á Boves en Pasto, se remitieron para Guayaquil 250 pastusos, de los más peligrosos y empecinados realistas, y para que no se fugaran, se les llevaba amarrados de los lagartos de dos en dos ; y cuál sería la obcecación de estos hombres, que al pasar por el pie del Chimborazo, donde hay una eleva¬da peña al bordo del camino, uno de ellos rompe las filas arras¬trando al compañero, y se precipita por ella, diciendo: ” Pre¬fiero irme á los infiernos antes que servir á Colombia.” Dos cuerpos destrozados sobre las piedras fue lo que se alcanzó á ver allá en lo profundo del abismo; pero todavía sus compa¬ñeros llevaron más adelante su obstinación”.

“Habiendo llegado á Guayaquil, el Libertador dispuso que fueran al Perú en clase de reclutas, y los embarcaron en el bergantín Romeo, llevando por toda custodia cinco oficiales y once soldados pertenecientes á los cuerpos que habían marcha¬do adelante. A los tres días de haber salido del puerto, se suble¬varon á bordo, mataron á palos al Teniente Ignacio Duran y al Subteniente Sebastián Mejía, primos del que esto escribe, es decir del General Manuel Antonio López, y dejaron medio muertos é inútiles al Teniente José Caicedo, á los otros dos oficiales y á seis soldados”.



“Como el buque no llevaba más que doce marineros, el Capitán no pudo contener la sublevación, y lo obligaron á que hiciera rumbo á la costa del Norte, con la mira de desembarcar en un puerto de donde pudieran dirigirse á Pasto. El Capitán tuvo que ceder á la fuerza, viró por redondo y navegó hacia Tumaco, punto que le señalaron los sublevados para su desembarco. La bahía de este puerto es de poco fondo, y los buques tienen que fondear bas¬tante distantes de tierra, y por consiguiente no se puede des-embarcar con prontitud. Afortunadamente se encontraba fondeada en el puerto la fragata ballenera Spring Grove; el Capitán del Romeo le hizo señal de alarma en su buque, y al momento el Capitán de la ballenera tripuló sus botes con todos sus marineros armados, y le prestó auxilio, logrando contener á los sublevados que había á bordo, menos cuarenta y tantos que habían desembarcado”.

“Contenida la sublevación y redu¬cidos á prisión en la bodega de los sublevados, el Capitán del Romeo hizo rumbo á Guayaquil, donde el Libertador mandó fusilar inmediatamente á veintiuno de los cabecillas”.

“Pero faltaba castigar á los que desembarcaron en Tumaco, y el Libertador dispuso que el Coronel Lucas Carvajal con el Escuadrón Granaderos y dos compañías del Batallón Yaguachi, embarcándose en la goleta de guerra Guayaquileña, siguiese á la costa en su persecución, encargándome a mí del detalle de esa columna. En nuestra excursión tocamos en Atacames, Esmeraldas, Iscuandé y Tumaco, capturando hasta cuarenta y tres, á quienes se castigó con la pena de muerte”.

“Nos hallábamos en Tumaco cuando el Coronel Carvajal recibió orden del Libertador de que marchase con la columna por Barbacoas, y atravesando la montaña de San Pablo saliese a Túquerres. El origen de esta disposición fue la revolución de Agualongo en Pasto, á quien el Libertador en persona dirigió á combatir. Salió de Guayaquil con 400 hombres del Batallón Yaguachi, reunió en el tránsito y en Quito cuanta fuerza le fue posible, y lo batió en la villa de Ibarra, en donde perecieron 700 pastusos. El General Salom, destinado á restablecer el orden en la provincia de Pasto, persiguió á los derrotados hasta la ciudad de ese nombre”.

Cuanto nos narra el General Manuel Antonio López en su libro “Recuerdos Históricos de la Guerra de la Independencia”, registra una vez más el valor, el orgullo y la decisión de la gente de Pasto de no permitir que de manera obligada sean llevados a tierras lejanas, y aun sin conocimiento de las tareas del mar supieron vender cara su derrota para inmortalizar sus nombres en el pináculo de la gloria que hoy estamos rescatando para orgullo de nuestro pueblo.

Hemos visto como ha sido el trato denigrante, criminal y alevoso de los dirigentes republicanos para con la población civil de Pasto, contado por los propios protagonistas de tan infames acciones, veamos a continuación de manera concreta un episodio que también la historia oficial nos lo ha ocultado por cuanto describe el tratamiento altamente delictivo que se tuvo para con Pasto y su gente por el solo delito de no someterse a un régimen que desde un principio lo hizo caracterizadamente violento y más aún cuando hace presencia el General Simón Bolívar en la región, que de acuerdo con sus cartas y proclamas y como bien lo registra el General también republicano José María Obando, Bolívar pretendía a Pasto “a ser borrado del catálogo de los pueblos…” sentencia Bárbara que hasta entonces había sido fielmente ejecutada.

El General Bartolomé Salom, en carta que suscribe al propio Simón Bolívar el 25 de septiembre de 1823, le dice: “No es posible dar una idea de la obstinada tenacidad y despecho con que obra los pastusos; si antes era la mayoría de la población la que se había declarado nuestra enemiga, ahora es la masa total de los pueblos la que nos hace la guerra, con un furor que no se puede expresar. Hemos cogido prisioneros muchachos de nueve a diez años. Este exceso de obcecación ha nacido de que saben ya el modo con que los tratamos en Ibarra, -Se refiere a la batalla donde se sacrificaron no menos de ochocientos pastusos – sorprendieron una contestación del señor comandante Aguirre sobre la remisión de esposas que yo le pedía para mandar asegurados a los que se me presentaran, según las instrucciones de su excelencia, y sacaron del Guáytara los cadáveres de dos pastusos, que con ocho más, entregué al comandante Cruz Paredes, con orden verbal de que los matara secretamente. De aquí es que han despreciado insolentemente las ventajosas proposiciones que les he hecho y no me han valido todos los medios de suavidad e indulgencias que se ha puesto en práctica para seducirlos. Están persuadidos de que les hacemos la guerra a muerte, y nada nos creen…”

Consideramos que más claro no puede ser un documento donde Salom le dice directamente a Bolívar: “sorprendieron una contestación del señor comandante Aguirre sobre la remisión de esposas que yo le pedía para mandar asegurados a los que se me presentaran, según las instrucciones de su excelencia, y sacaron del Guáytara los cadáveres de dos pastusos, que con ocho más, entregué al comandante Cruz Paredes, con orden verbal de que los matara secretamente”. Es concreto, obedeciendo órdenes de Bolívar procedió a mandar a matar a un grupo de pastusos, como en efecto así se hizo sobre los abismos del rio Guáytara, según la documentación que pasamos a trascribir.

Daniel O´Leary, secretario privado y hombre de confianza del General Simón Bolívar, refiere así los acontecimientos macabros sobre el puente de Tacuaya, situado sobre el rio Guáytara y hoy en jurisdicción del Municipio de Yacuanquer. “Prisioneros degollados a sangre fría, niños recién nacidos arrancados del pecho materno, la castidad virginal violada, los campos talados y habitaciones incendiadas, son los horrores que han manchado las páginas de la historia militar de las armas colombianas en la primera época de la guerra de la independencia; no menos que la de las campañas contra los pastusos pues algunos jefes empleados en la pacificación de éstos parecían haberse reservado la inhuman empresa de emular al mismo Boves, en terribles actos de sangrienta barbarie”.

“Los prisioneros fueron a veces atados de dos en dos, espalda con espalda y arrojados desde las altas cimas que domina el Guáytara, sobre las escarpadas rocas que impiden el libre curso de su torrente, perdiéndose sin eco entre los horribles vivas de los inhumanos sacrificadores y el ronco estrépito de las aguas, los gritos desesperados de las víctimas. Estos atroces asesinatos, en el lenguaje de moda entonces, fueron llamados matrimonios, como para aumentar la tortura de aquellos infelices, tornándoles cruel el de suyo grato recuerdo de los lazos que los ligaron a la sociedad en los días de su dicha. Declaraciones de sus mismos verdugos han descorrido el velo que deberían ocultar esas crueldades inauditas”.


El General republicano José María Obando, subalterno del General Simón Bolívar, dice. “En estos días fue que en Pasto llegó la ferocidad hasta el punto de divertirse con los hombres destinados a morir. El Coronel Eusebio Borrero, que se hallaba con el General Salom en Pasto, tuvo el honor de ser preferido para autorizar el sacrificio de 28 víctimas; pero habría sido mucha condescendencia sacrificarlas por los medios conocidos, y de un solo golpe, y se inventó un género de muerte que no tuviese estos defectos. Amarrados espalda con espalda, apenas les era permitido escoger el compañero con que cada uno debía ser sacrificado: catorce matrimonios cívicos fueron precipitados vivos de uno en uno desde lo alto del puente hasta los hondos abismos del Guáytara, haciendo penar a los últimos con el espectáculo sucesivo de los primeros. Recuerdo entre las víctimas a los responsables vecinos don Matias Ramos y don Pedro María Villota, hombres inocentes y pacíficos. Este Borrero es hoy una gran notabilidad entre los que se dicen gobierno constitucional de la Nueva Granada, y hasta ha sido candidato para la presidencia actual en concurrencia con Pedro Alcántara Herrán, Júzguese por esto de aquella comparsa”.

El tal Eusebio Borrero, recordemos, de acuerdo con lo que dice el historiador José Manuel Restrepo, muy seguidor, áulico de Bolívar, fue el personaje que incendio el pueblo del Patia cuando vinieron tras el cargamento de las 1200 libras de oro que hiciera llegar Miguel Tacón desde Popayán. Borrero hace parte de los ejércitos de las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca comandadas por Joaquín de Caicedo y Cuero, razón por la cual Restrepo dice: “Los patianos eran en la mayor parte negros y mulatos, ganaderos endurecidos en el trabajo y en las fatigas; estaban además resentidos, porque cuando se ejecutó la marcha de Baraya hacia el Sur, el Teniente don Eusebio Borrero, que mandaba una partida de tropa, quemó el pueblo de Patía por una venganza impudente y juvenil, en odio de sus habitantes que tanto habían sostenido a Tacon. Con esto se hizo irreconciliable el aborrecimiento que los patianos concibieron contra los patriotas, y acabaron de echarse las semillas de una guerra que había de durar por mucho tiempo”.

El caleño Eusebio Borrero, tiempo después cuando siendo candidato a la presidencia de la Republica de Nueva Granada en 1940 y pretendiendo congraciarse con los amigos de Tomas Cipriano de Mosquera, siendo para aquel entonces Secretario del Interior, pronunció un insultante discurso en contra de la gente de Pasto de acuerdo a la trascripción de sus palabras que hace José María Obando en la memorable audiencia del 27 de marzo de 1840 ante la Cámara de Representantes, el tema que se estaba debatiendo era una posible amustia para la gente de Pasto que había estado comprometida en la denominada Guerra de los Conventillos o de los Supremos, donde se responsabilizaba a José María Obando como promotor de dicha contienda para evitar el juicio que se le estaba adelantando por la posible responsabilidad en el asesinato del General Antonio José de Sucre el 4 de julio de 1830: “Mosquera comenzó a manifestarles en conversaciones privadas que sentía la necesidad de que en las cámaras se hablase de mí calificándome sin rodeos con los epítetos de traidor y asesino para des¬virtuarme y para que se viese que no se tenía miedo a bigotes, -dice José María Obando- y luego, como pasando a hablarles de otra cosa (cuando no era nada menos que el meollo de su discurso), les aparentaba que “estaba convencido de que convenía a la república un hombre como por ejemplo Borrero, que no se detenía en nada y que hablaba sin lenitivos, paliaciones, ni rodeos, y que es¬tas cualidades eran esenciales para él en el candidato que hubiera de escogerse”. Los amigos de Borrero vo-laron a decírselo (que era lo que quería Mosquera) y el nuevo candidato se calentó tanto los sesos que ya no pensó en otra cosa que en probar solemnemente que nada le faltaba de cuanto exigía Mosquera en el suyo. Debía ir Borrero a la sesión del 27 de marzo por la noche, llamado por la Cámara de Representantes, a informar en lo relativo a una amnistía que se gestio¬naba para conseguir que Noguera y los pastusos de¬pusiesen las armas; y Borrero, echándome encima a Montesquieu, Madama Stael y el abate Vertod, pre¬paró y aliñó con este motivo un rabioso discurso que no dejase a Mosquera qué desear ni nada qué echar menos, obedeciendo así a su enemigo sin saber que le obedecía.

En este discurso, que fue pronunciado en plena Cá¬mara y que circuló impreso, fue que Borrero, para congraciarse con los que le pedían sangre y ganar sus sufragios, informó contra el proyecto de amnistía di¬ciendo “que lejos de amnistía debía exterminarse la generación presente de los pastusos para obtener su pacificación”, y en prueba o apoyo de este vergonzoso, atroz y bárbaro dictamen (que era también el del ga¬binete) dijo que “la completa pacificación de Pasto en los años de 1822 a 1827 no se había conseguido con el genio conciliador de Obando, como se había creído, sino con la voz elocuente del cañón y con la política cruel y a veces sanguinaria del general Flórez, a cuyo favor había podido obtenerse al fin la quietud y so¬metimiento de los pastusos en aquella época”. ¡Hom¬bre prevaricador! ¡Cuántas Veces has admirado de mí el tino la sagacidad con que pude hacer la trasformación de los pastusos por medios enteramente contrarios al que proponías! ¡Cúantos de los granadinos te han oído hacer este mismo elogio y atribuir a esta conducta la metamorfosis y pacificación de Pasto, antes que te imbuyesen en candidaturas!

En efecto, tres fueron los candidatos para aspirar a la presidencia de la Nueva Granada: Eusebio Borrero, Vicente Azuero y Pedro Alcántara Herrán que es finalmente el ganador.

El singular planteamiento del caleño Eusebio Borrero, el incendiario del Patia que ahora plantea “lejos de amnistía debía exterminarse la generación presente de los pastusos para obtener su pacificación”, es corroborada por Joaquín Posada Gutiérrez en sus “Memorias Histórico Políticas” cuando trascribe apartes del discurso de citado personaje que admite haber sido testigo del criminal acto que se ejecutó contra la gente de Pasto al mandarlos a matar sobre los profundos abismos del Guáytara en predios del puente de Tacuaya: “El segundo hecho dice Eusebio Borrero consiste en que el comandante del escuadrón de Granaderos montados N. (venezo-lano), saliendo de Pasto en 1823, cuando ocupaba aque¬lla ciudad el General Salón, llevaba seis u ocho prisio¬neros pastusos, a los cuales echó a ahogar por el Guáytara en presencia del que habla, que iba allí por aprovechar de la escolta del escuadrón (en circunstan¬cias en que el país estaba inundado de guerrillas), por consiguiente sin mando alguno. En la barra estoy vien¬do a un ciudadano, el señor Felipe Proaño, que puede dar testimonio de lo que refiero, pues iba allí con el mismo motivo. He dicho lo suficiente para desbaratar un ataque injusto: la cámara y el público decidirán”.

El General José María Obando, en sus “Apuntamientos para La Historia”, concluye al respecto: “No fue con la voz elocuente del cañón, no con la política cruel y a veces sanguinaria del General Flórez que se consiguió la pacificación de Pasto, como ha querido hacerlo creer con inaudito descaro el en el Congreso de 1840 el versátil Eusebio Borrero, interesado en ganarse la benevolencia del partido servil para que le elevase, o interesado tal vez en volver a divertirse arrojando pastusos en los abismos del Guáytara.”

Con el dinamismo que tiene el conocimiento de la historia hemos visto cómo entendemos él porque del sufrimiento de nuestra gente por aquellos tiempos cuando aún las heridas del martirio que tuvo que afrontar la ciudad y su gente seguían vivas frente a la ignominia de personajes como Eusebio Borrero.

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