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Messi: El poder del espíritu y el triunfo del fútbol

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Foto: http://www.rpp.com.pe/
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Por Manuel Ruiz Parra

Desde Brasil 2014

Asistir a un mundial de fútbol es un sueño y a la vez todo un privilegio. En el evento orbital se dejan sentir todas las herramientas de la industria del entretenimiento para generar una pequeña sociedad de los escogidos. Pero si además de asistir tienes la fortuna de ver en acción al mejor jugador de fútbol del mundo, la cosa se pone cada vez más interesante.

Sucedió un 21 de junio de 2014 cuando, en compañía de mi amigo Carlos Andrés López, llegamos hasta el estadio Mineirao de la ciudad de Belo Horizonte para disfrutar del partido entre Argentina e Irán por la segunda fecha del grupo G.

Ya en sí mismo estar en el Mineirao era un capítulo aparte. Construido en la década de los sesenta se erige como un mítico escenario que ha sentido en su grama las pisadas de jugadores tan grandes como Tostao o Ronaldo Nazario De Lima. Por si esto fuera poco, su construcción se gestó con un alto sentido político. La nación brasilera en gran medida se ha construido alrededor
del fútbol. Por eso para los mineirenses construir uno de los mejores escenarios de fútbol del mundo no solo era un asunto deportivo, era una respuesta política a las dos grandes urbes Sao Paulo y Rio de Janeiro que todo lo acaparaban. Era su manera de decirles somos igual de capaces que ustedes y merecemos respeto.

En el 2008 Lionel Messi y su corte habían disputado en el Mineirao un partido de eliminatorias para el mundial de Suráfrica 2010 con empate 0x0. Lo curioso del caso es que el Mineirao no perdona y su hinchada es quizás de las más exigentes cuando de la “verde amarela” se trata. Por eso aquel día Dunga, DT en ese entonces, fue silbado al igual que sus muchachos, mientras Messi, que convirtió en figura al portero local, salió ovacionado en un gesto que jamás se ha olvidado pues la rivalidad entre brasileños y argentinos es por todos bien conocida. Algunos comentan que aquel día hubo crisis en el camerino del “scratch” por lo que se consideró una verdadera humillación.

Era entonces el retorno de Messi a un territorio que ya no le era desconocido. Lo primero que nos llamó la atención fue sentir como rugía un estadio. Una cosa es escuchar las grabaciones de los cantos argentinos y otra muy distinta es estar, ahí dentro, inmerso en un torbellino de pasión. Confieso que la emoción que se siente es algo indescriptible. Todo un estadio cantando al unísono puede llegar a ser tan hermoso como escalofriante.

En esa revuelta de sentimientos transcurrieron los primeros 45 minutos de un partido lánguido con un Irán que se encerró atrás y una Argentina que no tuvo la creatividad ni las ideas para encontrar los caminos al gol. Desde el sitio donde nos correspondió teníamos la panorámica perfecta para analizar tácticamente el partido y observar los movimientos.

A medida que los minutos pasaban los cantos disminuían, pues el partido se tornaba cada vez más complicado. Los segundos 45 minutos fueron de mucho estrés para los “albicelestes” que vieron mudos cómo Irán convertía en figura al guarda vallas Romero y salvaba a la Argentina en más de una ocasión.

Desde antes del partido todos aguardábamos por Messi. Brasileros, argentinos y nosotros que al igual que muchos otros habíamos sido arrastrados al Mineirao para contemplar de cerca la magia del 10. Sin embargo, en prácticamente los 90 minutos la magia no apareció por ninguna parte.

Dicen que en el fútbol todo se perdona menos que no sudes la camiseta. A pocos metros observaba al más grande del mundo como a un niño perdido en una plaza. No lo vi correr, no lo vi entregarse, no lo vi poseído por una pasión desbordante, no lo vi sintiendo el valor histórico de portar una camiseta como la que llevaba, aún a sabiendas de que “El Diego” lo seguía atento
desde la tribuna.

Parecía un jugador sin hambre, un jugador que sabe que vale 200 millones de euros y que se gana 20 al año. Al verlo así, maldije de nuevo a la industria del fútbol porque también nos arrebató a ese Messi niño que solo quiere correr detrás de una pelota y divertirse con ella.

Y ahí en medio de ese desconcierto fui testigo presencial de como Lionel apeló a algo que nadie le puede arrebatar: su espíritu y su capacidad. En milésimas de segundos y cuando todos ya cantábamos el empate, fue poseso del poder mágico que tiene en su pierna izquierda y marcó un golazo imposible para cualquier mortal y selló una victoria ya impensada.

Así entendí porque los dioses del fútbol si existen y por qué al final junto a los argentinos coreamos su nombre y le hicimos la reverencia. Su gol no solo fue antológico. Fue además un triunfo del fútbol.