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Belleza y autoestima para la comunidad: Sena Ipiales

Es una fría mañana de lunes en la ‘ciudad de las nubes verdes’, sin embargo todo es normal en sus calles y la vida cotidiana continua sin titubeo alguno. A pocos kilómetros del centro de la ciudad, en un lugar muy particular por su nombre y tradición llamado ‘el Charco’, reconocido por los asaderos de los famosos cuyes, y por ser la entrada que lleva al majestuoso Santuario de las Lajas, se encuentra una de las escuelas de artes y oficios de la Alcaldía de Ipiales, donde 33 aprendices del Técnico en Peluquería, del Centro Sur Colombiano de Logística Internacional, reciben formación y mucho más que eso: aprenden a compartir el legado más valioso que les dejara la Entidad: el conocimiento al servicio de los demás.
Aquí se cortan cabellos, se pintan uñas y se tejen historias. Marta Caicedo es una aprendiz oriunda del Cauca que a sus 39 años trae consigo una historia a cuestas: es una desplazada víctima del conflicto armado que vive Colombia. Hace cinco años, cuando su hijo Abraham Fernando se encontraba en su vientre, la guerra le arrebató a su esposo y su otro bebé al mismo tiempo. Sus ojos recuerdan el instante en que las balas atravesaron el corazón de su pareja mientras llevaba al niño en brazos.
“Miré los ojos de mi esposo cuando estaba muriendo y me dijo que yo sólo remediaría el dolor de la injusticia golpeando el corazón de muchos para ayudar a los más necesitados”, contó Marta. Fernando, el amor de su vida, y su primer bebé le dejaron el más grande vacío en su alma pero a su vez le dieron la lección de vida más significativa que pudo haber aprendido.
Fiel a la última voluntad de su esposo en el lecho de muerte, Marta es la organizadora junto con entidades de salud del municipio, de brigadas de ayuda a personas con discapacidad. Ella tiene un corazón gigante y de la mano del SENA ha brindado esperanzas y ayuda a las personas más necesitadas de la región, porque la vida, como ella lo cuenta, también le brindó una oportunidad de vivir junto a un ángel especial, Abrahán su hijo que nació con un problema de lenguaje: no habló hasta los seis años.
Marta, madre soltera cabeza de hogar, dejó atrás un pasado que aún la hace llorar, pero también sonríe cuando en sus manos sostiene una tijera o un esmalte con el cual brinda ese amor a otras personas vulnerables que le sonríen con la más profunda ternura y transparencia.
Más apoyo
Ahora son 33 aliadas de Marta quienes junto al instructor del Centro Sur Colombiano de Logística Internacional, Carlos Recalde, organizan y viajan hasta donde tengan que llegar para llevar sonrisas y esperanzas. El grupo trabaja con las madres y sus hijos con discapacidad.
Una de las madres es Flor Portilla. Tiene tres hijos con algún tipo de discapacidad y, como Marta, también ha sufrido el flagelo de la violencia en Colombia: es desplazada del corregimiento de La Victoria del municipio de Ipiales en Nariño.
Su rostro muestra las cicatrices del dolor y la desesperanza que lleva en su alma. Sentada en una silla de estilista, recuerda su tragedia, la indiferencia que ha soportado, la falta de un trabajo, el amor, dedicación, comprensión y paciencia para con sus hijos.
Agradece que existan aún personas de buen corazón como los aprendices que se preocupen por esta población y les regalen su tiempo, su amor y sus atenciones. “Algunas veces no hay para comer, menos para un corte de cabello de los niños y mucho menos para preocuparse de mí misma”, asegura Flor. Al terminar la sesión de belleza, ella sale con una sonrisa en su rostro y con el infinito agradecimiento de que hoy fue un día tranquilo y lleno de bendiciones. Aborda un taxi con el dinero que los aprendices recolectaron para que regrese a casa que queda en una vereda a 20 minutos del casco urbano.
Alegría en cada pintada
Jeymi Prado, de 12 años, es una niña alegre que sonríe inocentemente al ver sus uñas de colores y con figuras de dibujos animados. Yolanda Vallejo, su madre cuenta lo difícil que es ser ama de casa y sostener a Jeymi, cuidar de ella y olvidarse de sí misma por amor a ese regalo especial, que como dice ella, Dios le dio. Su hija tiene retardo mental y padece de convulsiones.
Como estas historias, los aprendices del SENA en Nariño conocen a las personas que atienden, y mientras arreglan sus cabellos y sus uñas, resultan ser el consuelo para que muchas vidas cambien.
Por: William Chamorro. Sena Ipiales.
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